La donna è mobile

"Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino

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09/12/2007

El íntimo cuchillo en la garganta

Para Clonclón

- Te vi en tu blog, Clonclón, y me dije éste.

- (El hombre agita la cabeza, se ahoga.)

- Te vi con el resto de nickjournalianos. ¿Os llamáis así, no? Bueno, tal vez alguna vez os habéis hecho llamar comentaristas, o participantes, otra cosa, pero Clonclón es de los que gustan de llamar a las cosas por su nombre. Tú ya me entiendes. Estabais con el desarrollo del modelo político, con el derecho a decidir, con la inocencia del devenir, las guerras sin nombre. Era inevitable no acabar fijándose en ti y en tus bromas, en tu enorme ingenio, tu velocidad, tu risa franca, lo muy a pecho que podías tomarte un asunto absolutamente banal sin apenas ser consciente de lo observado que eras en ese momento, ignorando que llegabas a casas ajenas, que te observaban ojos distintos a los que tienes ahora, ojos plenamente distintos a los que tendrás dentro de poco.

- (El hombre dirige su mirada al suelo, sigue moviendo la cabeza, comienza a sudar.)

- Encontrarte en el Nickjournal fue una gran sorpresa. Imagina, yo esa sorpresa ya la estaba esperando. Anhelaba un líder como tú. Y tú lo eras. En mitad de ese nutrido grupo de nombres, líder tú, y tú la gracia y el ingenio y hasta tu nombre, Clonclón, que fíjate también qué nombre elegiste, de sonoridad gigante. Aunque todos erais de impresión, vistos desde mi pantalla todos, ciertos anónimos enaltecían en su papel de satélites vuestras reuniones y le daban altísimo valor, gravitando alrededor, sin entender qué clase de vínculo estaba gestándose, a qué tipo de espectáculo eran invitados. No sabiendo ni pudiendo estar a la altura mientras vosotros alcanzando alturas extraordinarias, de un dinamismo radiante bañándoos, sí, participando gozosos. Contagiosos de tan espléndidos. Unos dibujando los colores de la derecha, otros los de la izquierda, tan reconocibles como un truco de magia infantil. Pero era tarde, de noche, y algunos empezaban a darse de baja, gentilmente despidiéndose, con toda amabilidad desconectándose, y en ese momento tú dijiste algo como al vacío, como a los mirones del escaparate pastelero y parecías señalarme a mí, y yo te leí, y decidí contestarte.

- (El hombre llora, tiembla, intuye. Intenta recordar.)

- Me presenté, Faustine de Morel, y tú me tendiste una mano y comenzaste a girar a mi alrededor, Clonclón. Clonclón dedicándome un poema, y luego otro (sin conocerme, poemas; uno, y luego otro): Mi Faustine de Morel, leda princesa de un reino de mimosas y de miel, mademoiselle de mis noches, mademoiselle De Morel, tienes nombre de promesa donde mora morosa un alma presa, demorada en amores, en aquel amor de la princesa De Morel, noctámbula princesa, vampiresa de esas noches dormidas con tu arrullo, paloma de Morel, con tu murmullo y al dormir, mademoiselle, amada rosa, sueño en mi amor que al fin contigo vuelo, De Morel melodiosa, alegre diosa, por un cielo de rosa caramelo. Así dijiste y yo, mi sorpresa, ¡mi sorpresa!, me quité lo que llevaba puesto, me cambié de ropa interior me la puse limpia, mi mejor camisón, me maquillé, me recogí el pelo y te añadí como contacto del messenger. Sin pensármelo, sin detenerme, normalmente me cuesta más decidirme, pensé en invitarte a que entraras en mi casa, tú entretanto charlando entre ellos, los tuyos discutiéndote, y todo en su línea rodando, hasta que aceptaste la invitación y yo ya estaba vestida, tú mi sorpresa y yo dispuesta a abrirla, en un momento de tu escalada verbal en la que enorme, fuera de ti, transportabas a todos, todos sobre ti, todos subidos a tu ingenio, todos a tu ritmo, deprisa, deprisa.

- (El hombre le dice que sí. Que sí. Cree haber encontrado una manera de escapar.)

- Consumida la espera y sin comprobar mi apariencia, me senté en el ordenador e inicié sesión. Ahí estabas. En la mitad de la nada que es mi pantalla, tu nombre, Clonclón, entre otros muchos nombres que puede que estuviesen preparándose para vivir otra noche binaria paralela, vacía, hueca, yerma. Y acomodándome en el asiento, atravesando los nombres y llegando al tuyo, te llamé, y antes de que te atrevieses a decirme una sola palabra, ya sentí gran excitación.

- (El hombre sonríe, intenta ganársela con los ojos, pero los músculos de la cara le traicionan y se contraen en una mueca asquerosa.)

- Pensé, ¿serás igual atrapado en mis dominios (estabas atrapado en mis dominios) que visto desde fuera? Que estés solo, que no estén los demás podría resultar ser un problema. Quizá los necesites para desenvolverte conmigo. Puede que sean ellos quienes te suban, te impulsen y ahora no seas más que otro hombre, cualquiera, que entra a mis dominios (porque estabas atrapado en mis dominios). Puse música, me sonreí, esperé tu primer paso. El resto de contactos también parecía mirarme pero les corté el acceso (te soy fiel, siempre te soy fiel). Y ahí me hablas, hola, y me pones una de esas jetillas (así las llamáis vosotros, ¿no?) para que sepa ¿qué? Que estás arriesgando poco, que estás seguro de ti mismo.

- (El hombre intenta recordar cómo se respira…)

- Yo te dije, tenemos que hablar, Benbow, y tú me dijiste no, yo no soy Benbow, te estás equivocando, y yo te respondí, pues pensé que serías Benbow, pero te volví a decir que quería hablar contigo y tú me preguntaste que de qué, y sonreíste (de jetilla) y se sucedió una pausa.

- (El hombre la mira, y suda. Tan sólo hace eso, mirarla y sudar.)

- Extendiéndote hacia mí, empezaste a acomodarte a la conversación. Todavía no tan cómodo como para desinhibirte pero te gustaba mi conversación, te gustaba el aspecto en la foto, te gustaba mi velocidad, el desparpajo. Me preguntabas por mis escritos, yo tu alegre diosa, desde tu casa me preguntabas por mis escritos, y te hablé de ellos, de los que hablan de la búsqueda de la sorpresa, del encuentro con la sorpresa, de mis gustos literarios, de mis libros y autores favoritos y me interrumpiste para preguntarme si estaba sola en casa. ¿Crees que estaríamos así si no lo estuviese?

- (El hombre suda y por un minuto se abstrae de la situación y la mente se le pierde adivinando cuándo fue la última vez que sudó así. La voz le devuelve a la silla.)

- Nos hemos acercado, Clonclón, —pensaba, y podía verte— tú desde tu mundo bajando, condescendiendo al mío, y aunque no podemos tocarnos, aquí seguimos. En la mitad de la nada podemos encontrarnos, tú verás como me desnudo, como me acaricio, crearemos una corriente en mitad de la nada que nos una, Clonclón, mi sorpresa. Dime, ¿recuerdas tus palabras? (nota mis manos que te siguen nota mi cuerpo que te llega déjame que desde la espalda mirando tu nuca oliendo tu olor dulce y salado sienta en mis manos tus muslos tibios fértiles deja que suba en ellos que me aproxime con la cadencia de un paseo de domingo que suba a donde baten las olas déjame que toque el mar como en el primer baño que moje mi dedo que lo bese que ese dedo sea la vanguardia que recorra la playa que note la marea déjame que te acaricie que note tu sexo como tú notas el mío a la espera como soldados en la trinchera deja que te acaricie suave arriba y abajo sin prisa con intención con la voluntad de oler tus gemidos con la necesidad de oír tus latidos a mí me gusta oler tu nuca me gusta cuando huele a sal y a deseo cuando huele a tu cuerpo abre tus piernas y déjame entrar deja que mi mano te acompañe déjame que me sienta revivir que me funda que me hunda que note el contagio del calor casi sin movernos déjame que te tome de tu savia a la mía hazme tuyo inténtalo paso los labios suavemente por tu pubis arriba abajo suave arriba abajo un calor de terciopelo juego a su alrededor y vuelvo siempre a él noto su sabor con mi saliva te bebo me bebo tienes los ojos cerrados abandonada no dejo que cierres las piernas aunque lo intentas te quiero plena en flor abierta dulce te bebo te huelo te siento en calor en cercanía tu sexo de oro dulce y yo como un animal doméstico que quiere calmar su sed noto tenso el pezón juego pellizco y sigo acariciándote te miro quiero que me sientas mirarte quiero que te derrames mirándome quiero lamerte besarte mojar mi cara en ti ese mundo en el que me pierdo como un aventurero y mi mano libre busca ese pezón que corona ese pecho sensual despacio empiezo a acariciarte con el rostro en los muslos pasando la barbilla por entre tus piernas pero negándote la lengua todavía y mientras murmuro sin poder remediarlo cómo te deseo cómo quiero volverte loca de placer tú no dejas de mover las caderas cada vez más excitada pero te quedas quieta como congelada cuando de repente sin aviso te pongo la punta de la lengua en el clítoris y dejo que la saliva resbale por todo el sexo en brazos te llevo a la cama te dejo de espaldas te recorro busco la entrada que me espera correrme contigo como un animal gemir como una bestia herida te follo desesperada y violentamente te agarro de las caderas y me meto en ti muy pegado mis movimientos se confunden con los tuyos como la hoja de una espada te noto me muerdes me gimes te agarro te corres me inundas de calor y placer siénteme desde dentro como un estremecimiento como el olor de la hierba como una luz que ciega mientras te tengo sujeta por las caderas gime lucha córrete en mi oído anticipas mis movimientos recoges las piernas te recorro los muslos y vuelvo a penetrarte lentamente hasta mezclarme en ti noto que me contraes que me llevas quisiera dominar pero me dejo llevar me abandono a la cálida fortuna tus piernas en torno a mí tus gemidos tu boca entreabierta el pelo derramado tus pezones…)

- (El hombre intenta arrancarse a hablar. Apenas sí le sale un ligero murmullo del cuerpo…)

- No es nada personal, Clonclón, por ese lado puedes quedarte tranquilo. Pero es mentira, sí es personal, siempre lo es. No me conoces, no conoces a nadie que me conozca y tampoco conoces el dolor. El fin, la muerte, la cara que acabamos poniendo todos.

- (El hombre mueve la cabeza, dice sí, está seguro de andar bañado por entero de sudor, entumecido, pero la cabeza sí le responde, dice sí, y sigue sudando.)

- Fuiste amable, eso es cierto. Pero no me prestaste suficiente atención, Clonclón. No has escuchado bien, a las mujeres nos gusta que seáis amables, más amables con nosotras, sobre todo cuando entramos en ciertos espacios. Atiéndelas, Clonclón, cuando las tengas cerca, escúchalas, a las que hablen, compréndelas. El resto, las que no hablan no te exigirán lo mismo, nada habrá que pensar. Las mujeres son putas asesinas, Clonclón, y tú eres su llamativa, codiciada sorpresa, y saben que tienes las palabras que necesitan escuchar. Sé amable. Para ti puede que sólo sea una curiosidad que saciar, una muesca, un nick en el que seguir afilando tu ingenio, engordando la magia, pero sé amable, ¿recuerdas algo de cuanto te dije mientras me acariciaba?

- (El hombre asiente, llora, suda, distingue claramente la travesía de su sangre por la cabeza.)

- ¿Recuerdas que dije: sigue, estoy llorando? ¿Recuerdas qué cosas te dije mientras me acariciaba, Clonclón? No, no te acuerdas. Tú estabas afilando y engordando y demasiado ocupado esperando que te enseñara las tetas, el culo, algo, no escuchabas, no fuiste amable. ¡Qué bien si pasara ahora, Clonclón! ¿Estás pensando eso? ¿Te gustaría ahora, Clonclón? No, mira, a ti te gustaría volver al NJ, con los tuyos, y contarles que una tía chalada te tuvo retenido y no te dejó ir. Decirles que han intentado matarte. Que estuviste en casa de una tía asquerosa que te había estaba observando y que después te invitó al messenger y tuvo sexo virtual contigo. Decirles que te dije cosas que no entendías, que ya entonces tuviste miedo, y que después cuando nos conocimos en persona, también, pero que aun así viniste y que cuando se pusieron las cosas demasiado feas lograste escapar por la ventana del baño.

- (El hombre está diciendo que sí, que sí, que sí, se esfuerza demasiado, se mueve demasiado.)

- Pero no me escuchabas, Clonclón, no supiste. Por eso estás ahora ahí, desnudo, atado de pies y manos a la silla, con el esparadrapo en la boca para que nadie te oiga, para que ni siquiera yo pueda escuchar tus súplicas. No quiero escucharte, quizá esté equivocada pero no quiero saber más de ti, no articules una sola palabra, ya es demasiado tarde. Puede que no seas como pienso, tú no tienes la culpa, Clonclón, tú sólo eras la sorpresa. Demasiado tarde. Debe dolerte todo el cuerpo. No deberías haberte movido tanto, Clonclón, te lo dije. Cierra los ojos y no pienses en el cuchillo, Clonclón, piensa en algo bonito. No hace falta que sigas mirando…

- (El hombre no los cierra. Un puño de miedo le sube por el esófago y le oprime la garganta, impulsándole hacia atrás y tirándole a él y a la silla. Se golpea contra el suelo, tiembla sin control.)

- Si quieres dejarlos abiertos también estará bien, en realidad poco importa, Clonclón. Tú piensa en algo bonito porque ya se está haciendo de día y tú eres la sorpresa y has llegado en buen momento. Viniste para saciar tu curiosidad y aquí me tienes, ¿era así, Clonclón? ¿Era esto lo que buscabas en mí? ¿Era yo también para ti una sorpresa? Tus palabras me dieron mucho placer, es imposible adivinar qué estarás diciendo ahora. No soy capaz de saberlo y no quiero saberlo. Estás en mis dominios, has entrado en mi casa, Clonclón. Este es el punto más alto de tu carrera cibernética, Clonclón, este es el pináculo, el triunfo total. Te va a costar la vida, un precio altísimo que te cobraré con el cuchillo, ineludiblemente con el cuchillo, pero no tengas ningún miedo. Míralo, ¿ves? El cuchillo viene detrás de ti, Clonclón, te dará alcance, no corras, estás desarmado, te cogerá. Sabes que te cogerá. Corre, corre, Clonclón, pero no tienes donde esconderte, ve abriendo puertas y más puertas, hay gente llorando, abre más puertas, el cuchillo viene detrás, sigue abriendo puertas. Abre bien los ojos, ¿dónde estoy, amada rosa? ¿Dónde está tu Faustine? La estás buscando, ella te salvará, ella te dará calor, te ayudará, ¿dónde está Faustine, dónde el cielo de rosa caramelo? Tienes frío, helado sigues buscando, corriendo, abriendo puertas, el cuchillo detrás de ti, ¿dónde está tu Faustine? ¡Faustine, alma presa, demorada en amores, de Morel melodiosa! Por fin abres la puerta correcta, y allí estoy yo, y sueltas un terrible grito. Te miro, te he encontrado, te digo, sueña con mi amor y al final vente conmigo, vuélvete a la noctámbula princesa. Clonclón, eso que hay dentro de ti es mi cuchillo.

 


Domingo, 09 de Diciembre de 2007 22:12. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 18 comentarios.

05/12/2007

Cuento de navidad

 

 

 

Habitualmente no le cuesta pero por la mañana una fastidiosa dificultad con las medias acaba sentándola en el borde de la cama y allí, inclinándose sobre sus tobillos la ve. A la moneda. Una preciosa moneda de cinco céntimos que no es suya pero que parece decirle algo como: recógeme, guárdame y traeré más monedas para ti. Pero qué buena señal, qué estrella; de las suyas no cabría esperar nada semejante pero de una moneda desconocida, encontrada fuera de la vía habitual, sí. Estas cosas tienen que suceder más a menudo de lo que parece, lo que pasa es que a mí no. Claro, lo que pasa es que a mí no. La recoge del suelo, está helada, normal estaba en el suelo, abre el bolso, el monedero y coloca dentro la moneda, asegurándose de no perderla echándole por encima la cremallera.

Así es como encuentra la primera.

Después vienen muchas más, la segunda es de una señora que se sienta a su lado en el tren y de cuyo bolso cae, clink, yéndole a parar a los pies. Otra señal. Esto sólo puede querer decir que estoy en el buen camino. Al monedero, rápidamente al monedero. Y así la tercera, la cuarta, la quinta, y todas significativas, la cincuenta y cinco, la cien, la ciento diez. Ella tiene que cambiar de monedero porque el cierre ya no da más de sí y como la liturgia es la liturgia, tengo que llevarlas siempre cerca, pronto se las apaña para salir a la calle acompañada por todas las monedas, pero metidas en una mochila de ruedas que arrastra con gran esfuerzo y que atrae a otras monedas. Curioso. Al poco empieza a ser imprescindible una maleta, necesitamos más espacio, y ella la compra, y la llena con su chatarra divina, y oh contratiempo, a la altura de las seis mil, aunque no podría precisarlo sin volver a contarlas, tropieza con un escalón muy elevado y sufre una torcedura de muñeca que le impedirá seguir tirando con esa mano. A partir de ahí, sólo puede arrastrar su pesado tesoro con la mano izquierda. Torpemente, con la mano izquierda. Pero tirando.

Después de la maleta viene un baúl y cuando en el baúl ya no caben más, llega la imposibilidad de salir con ellas por la bendición de la primera, por la sagrada fortuna de la primera que atrajo a todas las demás, para las que oh, carece de medio de transporte. Piensa que ya no volverá a salir, idea que rápidamente rechaza ante la imposibilidad de seguir respetando el bendito encuentro. Porque ¿quién las recogerá ahora que ya saben que tienen que caer a su paso, y que lo harán esté ella o no? ¿Quién? Eso tiene que hacerlo. Será una fortuna, imposible dejarlas, a ella no le pasan esas cosas. Así que mete todas las que tiene en el maletero de su coche y a partir de ese día empieza a llevarlo siempre consigo. A pesar del dolor de la mano derecha, conduciendo, y las monedas con ella, ella con su compromiso, la suerte sonriéndole y hasta cuándo, se pregunta.

En casa las ventanas dan a la avenida de correos, un lugar muy transitado y allí es donde está ella, en el cuarto de baño y delante del lavabo cambiándose el vendaje de la mano lastimada cuando entra, quién conoce la razón, una moneda volando desde la calle. Se mira en el espejo, ahora vienen ellas a mí, se dice, y la coge con mucho cuidado pues ésa es la que abre el camino nuevo, tan importante entonces como la primera. Le busco un lugar preferente, que se sienta privilegiada, líder, elegida. No había pensado todavía dónde cuando, clink, entra otra por la ventana de la cocina. Ya no tendrá que salir a buscarlas, eso es lo primero que piensa, con alivio, masajeándose la muñeca. Ahora las monedas ya saben el camino. No tarda en entrar otra. Y otra. Clink, clink, y no le da tiempo a agacharse a coger una, cuando ya está —clink— rodando la siguiente, así que bueno, que vayan apareciendo, que ella tomará su té en el salón y ahora sí, sin tener que salir, podrá dedicar largo rato a pensar qué hacer con tanto dinero. Y eso hace. Sentarse en el sillón.

La satisfacción de tener el trabajo hecho y la posibilidad de un futuro gozoso y liberador, lleno de viajes y anocheceres ebrios, inhiben los efectos del té y a eso de las ocho de la tarde se queda dormida, despertándola de su sueño un terrible dolor en las rodillas, como de no correrle la sangre, como de explotarles, como de morir en cuestión de minutos y de ser avisada de milagro. Intenta moverse pero no puede, el peso de las monedas lo impide y con mucho susto mira a su alrededor, las monedas entrando a montones por las ventanas, todavía entrando a montones por las ventanas. Y subiendo. Y el teléfono móvil en su bolso, al alcance de su mano, pero oh, de su mano derecha. Imposible. La mano le duele demasiado, probablemente esté rota como para sujetarlo y atraerlo y las piernas a punto de gritar por sí mismas que no pueden más, que a ver qué está pasando hasta que llega la noche y dejan de entrar monedas. Las monedas quietas. El mundo parece recobrar la cordura. No se oye un solo clink, ni uno, y en cambio sí el sonido tranquilizador de algún vehículo que cruza de noche la avenida y que lamentablemente, no podrá socorrerla pero sin importar, ella dichosa, no es tan grave, aunque cómo olvidar que sí ahora sí, porque se hará de día y las piernas conseguiré sacarlas, de alguna manera sacarlas, y se tranquiliza, esto ya ha pasado, no siguen entrando monedas, ni una ¿ves? y desde los pies empieza a subirle un ligero sopor, como diciéndole, invitándole: cierra los ojos, descansa. Y vuelve a quedarse dormida.

(…)

En Correos hay una cola bárbara, increíble, ningún funcionario había visto jamás una cosa igual. La jodida navidad, se dicen codeándose y frunciendo el ceño, y las tarjetas, las cartas, los paquetes, los envíos y telegramas urgentes, urgentísimos, pues cuesta doce con veintiuno, señora, y aquí tiene usted su cambio, para después el siguiente, y apenas sin darle tiempo a guardarse las monedas ya está en al calle, pero qué cola tan enorme, llegando a Colón, y esta chatarra, qué incordio, pero si no cabemos en la acera, hala, aquí mismo, por la ventana, y el que viene detrás, que oye una especie de lamento raro, profundo que sale del piso, anda, pues por ahí también la mía que a lo mejor trae suerte, igual que aquel pozo italiano y el que viene detrás que acaba de enviar unos bombones a Toulouse, también, y toda la cola, y mañana por la mañana, un clásico pasar por ahí y echar una monedita, escuchar el gritito, y a partir de entonces, así, mágico de no saber cómo, todos los días de la vida.

Vale.

Miércoles, 05 de Diciembre de 2007 18:13. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 11 comentarios.

27/05/2007

Sucedió ayer

Tengo algo aquí en el pecho que me está quemando, le decía. Y él sonreía suponiendo que eran cosas suyas, de su imaginación, del dramático (teatral, aparatoso, solía llamarlo) entusiasmo con que revestía cada encuentro. Pero era verdad, ardía. Al llegar a casa y desabrocharse lo que llevara puesto, con miedo corría hacia el espejo (sabía que estaría, lo sabía) y allí estaba, rojo incandescente bajo su pecho (claro). De un tono elevado, altísimo, que debía estar al borde del bombazo. O lo parecía. Que aunque se restregase los ojos ahí seguía. Que aunque los cerrara y deseara que desapareciera, continuaba. Esto sólo puede ser una cosa, se decía pasándose la mano por encima, cubriéndolo. Sólo una cosa. Y sonriéndose, la retiraba con lentitud y responsabilidad, como si fuera a liberar una energía extraordinaria (así lo creía). Y haciéndolo se le iluminaba la cara, e ilusionándose, más se quemaba. De tal manera llegó a liberarse aquélla fuerza que la madrugada de la última noche (sí, así) cuando agotado él ya dormía y sobre su piel cristalizaban una a una ligerísimas gotas de sudor, satisfecha y con todo su amor (con todo mi amor, mirándole), pasó largos minutos observándole al tiempo que irremediablemente iba prendiéndose de un rojo elevado, altísimo, que acabó deshaciéndola de los pies a la cabeza, poco a poco, consumiéndose desde sí y hacia sí misma, hasta que sólo quedó un brillo rojo, pequeño, parpadeando sobre el colchón, que también hizo pop, y desapareció (eso hice, sí, así fue). Ni un ligero ruido (nada). Sólo el tierno soplo de la sábana, desmoronándose.

Domingo, 27 de Mayo de 2007 17:58. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 7 comentarios.

07/01/2007

Ejercicios (1)

Tú estabas ahí, esta mañana, y no lo sabías.
No podías.
Yo ordenaba libros sólo para llegar al tuyo.
Para no cogerlo el primero y para dar un rodeo.
Para llevarme una hermosa sorpresa y no ser muy evidente.
Y llegué a ti.
Por tu libro llegué a ti, que no lo sabías y vi la carta.
Tu carta abierta ante de mí como entonces, hablándole a la que yo era, aquélla que no importándole de qué, leía lo que decías sólo por saborearlo y con muchos nervios sujetaba la carta y la bendita hoja se pegaba a sus manos como un molusco en las rocas.
Igual.
Aunque alrededor soplaban tempestades y contra sus tobillos y subiendo hasta sus rodillas se estrellaba el mar, un barco detrás de otro; no lo notaba.
Ni siquiera cuando ya de retirada plegaba la hoja y la apretaba contra su pecho y repetía tu nombre y con alegría releía los mejores trozos pero todavía sin leerlos hasta que se cansaba, se saciaba y gozosa sin ver el desastre la guardaba.
Ni siquiera cuando estaba lejos del libro y de la carta aleatoriamente escondida te leía, ni te comprendía.
Ni siquiera cuando con dolor olvidó que existían.
Hasta que, claro, tú cómo irías a saberlo, hoy recordé que los tenía y dando unas vueltas muy tontas te alcancé y estabas ahí, igual, tu carta escondida pero esta mañana sí leyéndote, sí comprendiendo las palabras, una detrás de la otra en su bendito orden.
Asintiendo y asintiendo.
Moviendo la cabeza pero con un temblor de labios.
Viendo perfectamente a la mujer cayendo de rodillas que soltaba la hoja de entre las manos mientras fuera comenzaba a llover, a tronar, a hacer frío.
Y me he puesto a llorar.
Porque sí lo sabías.
Qué desamparo, por Dios, porque lo sabes.
Y porque el frío ha venido cargadísimo de maletas.

Domingo, 07 de Enero de 2007 16:07. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 31 comentarios.

26/11/2006

La carne quiere carne

So puta, que te has corrido. Me lo dice al oído. Y es que no es lo mismo ni parecido, porque más que hablar, se me desliza para dentro para dentro y entonces, pues lo que pasa, acabamos de follar y me levanto a tender una lavadora, a poner en órbita mi casa y en cuanto me agacho a recoger la ropa tirada, el barullo, se me viene otra vez encima. Es que me vuelves loco. Me lo dice al oído. Y aprieta la mandíbula, como avaricioso, mientras se me lanza al canalillo y se cuela por debajo de la falda, con la boca abierta, y tan rápido que caen los platos, los vasos, que lo tiro todo, porque no es lo mismo ni parecido. Como no lo son tampoco las comidas, fatales pero fatales, que queriendo ser capaz de servir la sopa levanto el brazo así, con el cucharón diciendo: no sé si estará demasiado caliente y hala, la urgencia de tocarme y entonces gateando, como animales que nos meamos de la risa, me persigue por las patas de la mesa hasta que me caza y rompe lo que lleve encima, fuera fuera a arañazos, y se vacía imposible saber ya de qué. Es que mira que me gustas. Me lo dice al oído. Y queriendo irse, nunca consigue marcharse. Aunque se vaya. Porque si sale a por cualquier cosa, a solas me vuelve a la cabeza, so puta, cómo me gustas, córrete, pero córrete, deslizado esta vez de dentro a fuera, ferozmente esponjándose, que resuena tan alto que lo tienen que escuchar allá en la China, y me flojean las piernas y de las manos se me cae la ropa para doblar y entonces busco la cama, que sólo tengo fuerzas para llegar a la cama y se me abren las piernas hasta con estrépito y a todo eso escucho las llaves y bufando, seguramente volviendo desde la China recorre el pasillo, ¿dónde andas? y la falda se me viene a la cintura, que parece que ya sabe lo que va a pasar y domesticadas las caderas buscando el techo tan violentas que entierro la cara, que no quiero verlo, entre las almohadas y oigo el portazo, pum, los botones de la chaqueta contra el suelo, pero qué puta eres, que no es lo mismo ni parecido, y el cinturón y los zapatos y los calcetines y todo cayendo o desplomándose o no sé si quizá todavía puesto, cuando aquel descorre las cortinas, abre los balcones, ven aquí y el parque abarrotado, festivo, y de rodillas a lametazo limpio para después bárbaro clavármela mordisqueándome la oreja, ¿a que no es lo mismo ni parecido? y correrme gritando pero a trompicones, ahogándome, los vecinos comprando globitos y echándole comida a las palomas, algunos incluso mirando y yo riéndome a carcajadas, cubriéndome como puedo el pecho con los geranios para acabar en el suelo sudados. Oliéndonos las manos a sexo y a sucio. Elementales, algo pacíficos, levantándonos y besándonos todo el camino de vuelta a la mesa. A terminar la sopa. Desordenadamente.

Domingo, 26 de Noviembre de 2006 14:15. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 46 comentarios.

12/11/2006

Bálsamos

La normalidad volverá a esta casa, a la cabeza, y desaparecerá la necedad de los pensamientos malos, los que te dejan. Y sigamos.

Había algo diferente en la frase socorrida -esta noche, no- cierto efecto de bálsamo que me hizo sentir anticipadamente alegre. Aliviado. De haberme parado a mirar hubiera visto retroceder el hechizo. Escuchado un resbalón. La verdad, no me lo esperaba. Hasta hace nada constituíamos un binomio de gran ejemplaridad, tú bien lo sabes, Ana con su invencible sonrisa y yo... bueno, ahora ya da igual, todo es diferente, yo ya no puedo evitarlo, así como ella no evita el odio. Cuando se inicia el trámite reconciliatorio, ninguno de los dos confiamos en que sus efectos puedan ser duraderos, que estacionalmente nos mantenga resguardados del aguacero. Al contrario, la sensación de ir metiéndonos en un callejón que nos hará detenernos a corregir la dirección, es absoluta. Está cambiada, irreconocible, nada de sonrisa. Me aborrece, me mira con la indiferencia con que se atraviesa un vaso de agua. A sus ojos no tengo color, lo adivino, ni forma. Soy un idiota, debería contarle lo de Sol, confiarle, pero no me atrevo. Tengo miedo de que me deje. Ella lo haría. Me dejaría. Y acabaría sumido en uno de esos pozos introspectivos en los que tendría que acabar rindiendo cuentas y valorando qué he hecho mal, inútilmente, porque ya la habría perdido. Jamás debí ceder a los ataques de Sol. Jamás. Pero es que Sol es demasiado para mí, inmensa, abierta, toda luz. Y fui débil. Quizá debería llamarla, sí, eso es, llamarla y decirle que con mi mujer, nada de nada, nada de sonrisas, y que en su lugar, odio, y dejarla que vuelva a arroparme, mimosa, y vuelva a pasar sus manos por mi pelo y pueda dejar de pensar en lo que está bien, en lo que está mal. Como si alguien lo supiera. Sol que sí responderá a mi cuerpo y nada de esta noche, no. Sol que no me hará reproches. Que estará deseando que llame. Esa es la solución. Y con Ana dejaré que pase un tiempo, a ver qué pasa.

Domingo, 12 de Noviembre de 2006 18:01. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 13 comentarios.

12/08/2006

Bálsamos

Lo siento, no quería dejar a nadie con la palabra en la boca, pero no me parece que esto último fuera tan bueno como para colgarlo. Lo he borrado. Estuve pensando en qué sería lo primero que diría alguien que me leyera, así, en esta tesitura, por primera vez, llegando de nuevas, y me pareció que no era esa la impresión que querría que se llevara. Cuando curiosamente es la auténtica. Si es mío, es auténtica. En fin, que como primera crítica de mí misma, lo mando a tomar viento y pido disculpas. Seguro que no volverá a ocurrir (de esto sí estoy segura).

  
Sábado, 12 de Agosto de 2006 11:29. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 16 comentarios.

07/04/2006

Refritos: La noche de mis ojos

[Por allá abajo, en las profundidades de este cuadernillo, ia, que para esas cosas se las pinta sola, me ha recomendado leer este texto escuchando El guardià dels somnis, de Roger Subirana. Y tiene razón, es sorprendente. Me ha gustado muchísimo. Gracias, querida.]

A través de los siglos,
por la nada del mundo,
yo, sin sueño,
buscándote...

Rafael Alberti


Cerrando los ojos puedo verme corriendo sobre las azoteas, recogiendo con mis brazos extendidos la ropa blanca de la gente para robarla y apropiarme de su pureza, sin rozar el suelo, como las corrientes de aire que coquetean con la tierra, dibujando con mi pelo cintas luminosas y así cruzando la ciudad por los tejados, de punta a punta de la noche, llenando mis pulmones de aire. O tumbarme sobre un lecho de hojas en el suelo de la huerta, recién parida por la tierra. Desnuda pero cálidamente atendida. Cómoda en el centro del milagro y girando sobre mí misma volviendo a ser una niña, nada más que una niña de ojos cerrados con el frío y duro tacto de la tierra entre los dedos. Otras veces, decenas de manos aletean alrededor mío consiguiendo estremecerme de placer, atraídas por sonidos que mis labios inventan hasta enredarse en mi nombre y hasta anidar en mi piel. De noche y lejos de nuestra casa a todas pregunto por ti.

Me cuentan que apagas la televisión y me buscas entre los pliegues de las mantas del sofá, sumido en el pozo de una desesperación interminable. Que con los ojos pegados te aparezco tendiendo la ropa en el patio y te preguntas qué estaré haciendo ahora mientras acorralado, me ves cerca en tu sueño, tan cerca como para tocarme. También a todos preguntas por mí, evitando pronunciar mi nombre para no sentir la lejanía, para seguir llevándome en alto, sólo para seguir amándome. Sólo para recordar como me hundo entre tus dedos, como me hago una madeja en el hueco del sofá donde sueles buscarme. Como recojo del suelo la ropa después de amarnos. Molesto, te agarras fuerte al naufragio de olerme en un recuerdo colgado, y revolcándote en sábanas secas, repites que al irme olvidé dejarte por escrito que tendrías que cuidarte de tanta melancolía, que la comida se te pudriría fría en el horno. Que no deberías exagerar la nota descolgando el teléfono cada día sólo para confirmar mi regreso.

Si cierro los ojos siento avanzar al universo entero sembrando en mi regazo sus maravillas, también yo a ti te recuerdo. Y te hablo. Y aunque no respondes, te sigo adornando con sonrisas que cuelgo de tu pelo y de tus hombros, como un dios distante que recibe postración y ceremonia. Pálida y bonita, la luz de la Luna se apodera de esta habitación y origina un casamiento entre el instrumento de mis pensamientos y la noche de mis ojos. El final de la historia siempre es el mismo, me adormezco con tu nombre besándome la boca. Mi estrella polar.

Viernes, 07 de Abril de 2006 22:49. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 34 comentarios.

28/08/2005

Voces veladas

"¡Oh, sorpresa de nieve desceñida,
vigilante, invasora!
Voces veladas, por robar la aurora,
te llevan detenida.
Ya el fallo de la luz hunde su grito,
juez de sombra, en tu nada.
(Y en el mundo una estrella fue apagada.
Otra, en el infinito.)"

Juicio, Rafael Alberti.

Mientras cruzaba la casa con el machete ligado a la mano derecha, tenía la cabeza puesta en el día siguiente. Sólo en la salida del sol. Pero la herida que con todas sus fuerzas le asestó en el cuello fue mortal desde el primer centímetro. Él aulló inmundo y se revolvió sobre la alfombra buscando un apoyo con el que incorporarse, pidiendo socorro y blasfemando infecciosamente hasta que se le disgregó la voz por la herida y resolló plegado a los pies del trinchante. Ella soltó la hoja y se derrumbó sobre el tresillo, abrigándose en la contemplación de la figura de su madre que la miraba desde un viejo portarretratos de plata.

Hecha un ovillo en el sofá, agitaba un dedo sobre las manchas de sangre oprimiéndolas contra la nada para borrarlas. Le palpitaban los nervios de las fracturas mal curadas y la mella de un diente perdido; pero repentinamente, en su mente se abrieron los cielos y salió el sol, tropical, espléndido, y enajenada paseó por su paraíso hasta que los vecinos comenzaron a aporrear la puerta y se precipitó delirio abajo hacia una oscuridad que se la tragó, deteniendo prematuramente la milagrosa crecida de su pequeña revolución. El furgón policial cerró sus puertas y se alejó con ella dentro. Entre los indiscretos vecinos transitó, mansamente, la camilla con los restos de su padre.

A unos kilómetros de allí, lejos del murmullo de las especulaciones, su madre sacaba un mantel salpicado de tinto del primer cajón del aparador, cortaba varias rebanadas de pan y disponía los cubiertos para servir la cena. Arrastrando notoriamente la pierna derecha, iba de la barra hasta la despensa en busca de piezas de embutido. Cuando hubo rematado la liturgia, se sentó en su silla a cortar unos trozos de ajo para salpicar los tomates de la ensalada, la aliñó y esperó. Al rato se levantó y volcó el caldo de la ensaladera en el fregadero para volver a echarle otro poco de sal y algo más de aceite. Su marido no soportaba la languidez que socavaba a los tomates cuando ya llevaban un tiempo el plato. Ni tampoco el pan pasado, así que cortó rebanadas nuevas y siguió esperando. Las moscas comenzaban a sobrevolar el fiambre y ella lo cubrió con un trapo. Cuando se cansó de esperar, tapó el servicio con platos hondos, se desabrochó el delantal y lo colgó en su clavo titular.

Al poco, golpearon furiosamente la puerta y escuchó lo que vinieron a decirle. Se echó un puño a la boca y le comenzaron a temblar —automáticamente— varias costillas, la clavícula izquierda, ambos brazos, la mejilla derecha y todos los dedos de las manos. Hincó la pierna mala en tierra, gritando, mientras clavaba los ojos en su hija que la miraba desde una fotografía del aparador.

Domingo, 28 de Agosto de 2005 15:27. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 3 comentarios.

05/08/2005

De negro

Un domingo por la mañana, poco antes de la misa de once, el señor pasó por el huerto y estuvo mirando nuestra casa desde su montura. Madre me ordenó cerrar todas las contraventanas y después nos metimos juntas en la despensa a buscar unos botes de tomate que según ella, tenían que estar en alguna parte pero que no encontré por más que revolví todos los estantes. Rezaba. Me sorprendió que le diera tanta importancia a unas latas.

-He vuelto —dijo días después con un hilillo de voz. Había pasado seis días fuera de casa, desaparecida, y ahora estaba como si tal cosa sentada en los escalones de la entrada. Fui yo quien la encontró repitiendo esas dos palabras y escuchándose a sí misma mientras las pronunciaba.

Mil veces me la había traído en pensamientos, pero nunca tan desmejorada. Parecía muy mayor, gris, y sus ojos no reflejaban ni una luz, ni una novedad. Nada. Estaba completamente vacía de emociones y en la puerta de su propia casa se comportaba como un paisano frente al señor notario: esquiva, retraída, vergonzosa. Le serví un café caliente y mientras me acercaba, imaginé que con cada sorbo recobraría las fuerzas que al parecer había extraviado o recuperaría el habla o su disposición. Pero nada más probarlo, se desmayó.

A su salida de la habitación, nos echamos sobre el médico de la hacienda para interrogarle sobre la salud de madre.

-Procúrenle descanso —y entregándonos la receta de un reconstituyente sin detenerse en más explicaciones, abandonó la casa.

La puerta del cuarto permaneció cerrada durante toda la tarde siguiendo las instrucciones del doctor, y padre y yo esperamos al otro lado, asimilando que debíamos dar las preocupaciones por pagadas. Pero a él le costaba mucho deshacerse de las sombras que le habían estado rondando la cabeza. No se le despintaba esa amargura que hacía días se le había grabado entre las cejas. Donde quiera que fuera que madre lo había transportado con su ausencia, allí seguía. Y en ese estado apretaba sus manos contra las rodillas, se rascaba la mejilla, pasaba un brazo por encima de su cabeza y tras recostarse, se volvía a incorporar. Resolví que se desmadejaba por saciar unas morbosas ganas de llevarse un disgusto. Cruzó el oscuro umbral del dormitorio sin detenerse ante mis prédicas, cerrando la puerta tras él.

Cuando salió le había cambiado el color, estaba pálido como las acelgas. Cogió su abrigo y se marchó. Pasó toda la noche deambulando por el cortijo.

A la mañana siguiente entró cuando yo estaba desayunando y sin decir una sola palabra, se sirvió un café solo. Después encendió un cigarrillo. Se le consumió en el cenicero mientras permanecía con la cabeza hundida en las alas de la camisa, hurgándose las uñas, dándole vueltas y más vueltas a los dedos, tirándose de los pellejos. Comprendí que estaba perdido. Le puse la mano en el hombro y se negó a recibir consuelo. Orgánico, se levantó para ponerse la ropa de labor y se fue a la oliva sin emitir un solo sonido. El capataz lo recogió en la linde del camino, como siempre.

Esa misma noche, a padre vinieron a buscarlo el cura, una cuadrilla de la guardia civil y Emilio, el secretario del juzgado. Cuando llegaron armaron tal escándalo que la mayoría de los vecinos dejaron de cenar para salirse a las puertas de sus casas a ver cómo se lo llevaban casi a rastras hasta la camioneta —a él y al cuchillo de despellejar las piezas de montería— mientras madre iba a buscar la Biblia del abuelo Sebastián y se la entregaba con la cabeza gacha, avergonzada y roja como un pimiento por una deshonra que ya nunca se le habría de borrar de la quijada, como jamás se le borraría el calor de los labios y la baba del amo, que, cadáver, era enterrado en el punto más alto de la finca, donde los olmos, arropado por el desconsuelo de los suyos. De negro.

Viernes, 05 de Agosto de 2005 21:51. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 23 comentarios.

29/07/2005

Luz

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Canta, canta para mí, le decía palmoteando entusiasmado y dirigiéndole el flexo a la cara. La niña se sentaba muy seria enfrente suyo, se echaba el pelo detrás de los hombros y después de secarse las palmas de las manos contra la falda hasta llegar al bajo, lo ponía derecho y se pasaba un rato cantando, no sabía cuanto, casi siempre hasta que se le agotaba el repertorio o a él se le ahogaban los ojos en lágrimas. Apenas lo veía, pero detrás de la luz se dibujaba una sonrisa que daba pena mirarla. Ella no sabía para qué buscaba ese estado. Nunca parecía tener bastante. Esa estampa la tuvo pegada a la cabeza como una mala mancha de vino durante muchos años, doliéndole la carne en los huesos hasta encenderle los ojos, ahora que ya no tenía que hacerles ver que entendía lo que pasaba, que enfermaban y lo aceptaba, que a pesar de ellos crecía en fortaleza, que se iban para siempre y los perdía por un camino que llenaba los pasillos de silencio y de maletas. Tras la muerte de ambos, la casa fue bajando de grados, y el color del entorno fue menguando prolongando una realidad predecible. Una consecuencia inevitable.

La infancia de esta niña no acabará nunca, sentenciaban los mayores desde una habitación cercana sin una chispa de prudencia. Y ella, tan chiquilla todavía, en el umbral del sueño repasaba la docena de recuerdos que atesoraba, y veía el cabello de su madre secándose al sol de la terraza, su dulce pecho hinchándose, sus manos barajando los tallos de los jarrones, sentía los botones de sus vestidos rotando entre sus dedos, el humo de los cigarros coronando el techo. Y después ya nada, pena honda y caída involuntaria a la escena donde los ojos de su padre lloraban con aquel llanto amargo. No, no acabará nunca. Pero se equivocaban. Ella conocía el parche balsámico que allanaba sus miedos. Cuando sus recuerdos bombeaban tanto ácido que asfixiaban, estirando la mano prendía la luz del flexo, la dirigía directa a su cara y cerraba los ojos corriendo, corriendo, para no ver a quien no estaría ya más detrás, restregando su carita contra la almohada y buscando el lugar más cómodo para dormirse, canturreándole.

Viernes, 29 de Julio de 2005 11:40. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 12 comentarios.

22/06/2005

Joan Margarit, "No tires las cartas de amor"

"Weeping 47" de Mark Ryden

No te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esa flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Transcurrirán los años. Te cansarás de libros.
Descenderás aún más
y perderás, también, la poesía.
El ruido de la ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que hayas guardado
serán tu última literatura.


* * *


Al descubrir este poema de Margarit, he recordado un texto que escribí hace ya tiempo y que rescato, aquí:

¿Es posible sentir el amor como el primer día, tan fresco y fragante como si estuviera vivo? La respuesta es: sí, se puede. Depende del tipo del que se trate, pero sí. Con los amores corrientes, habituales y acostumbrados, es más difícil. Los amantes desaparecen llevándose consigo mismos la mayor parte de aquello que permitiría revivir el sentimiento, y las posibilidades que tienen cualquiera de ellos de reproducir alguna escena, la que sea, o una sensación aislada de cuantas compusieron dicha historia, se reducen a ninguna. Faltan personajes. Casi todo el material restante es intangible y se compone de recuerdos en su mayoría, algún objeto, baratijas. Con tan escasos medios lo único que se consigue es acrecentar el dolor y la honda ausencia, actitud en la que es recomendable no incidir. Mas cuando, oh fortuna de escogidos, ha sido un amor extraordinario el que nos ha bendecido con sus dones, las dificultades desaparecen porque se trata de una variante que no ha sido barajada en condiciones normales ni bendecida con semblanzas conocidas. El amor prodigioso no sigue pautas establecidas, ni conoce reglas, ni caminos ya marcados. El amor sorprendente asume muchas formas, y una de ellas, señores, es el amor a distancia.

El amor a distancia se mantiene gracias a la mensajería —ya en forma de cartas, ya en tiempo real (gracias a las redes informáticas, de tan común uso en la actualidad)—, las vías fónicas, y las noticias por terceros. También gracias a las ganas, el arrebato y el empeño, pero resulta obvio señalarlo siendo las señaladas, tónicas comunes para cualquier tipo de relación. Como es natural, digo, los terceros y las vías fónicas acaban desapareciendo en algún punto de la historia, con lo que restan tan sólo las letras intercambiadas, que pudiendo parecer insuficientes, en circunstancias como estas son el todo. Téngase en cuenta a la hora de su valoración que transportaban los sentimientos en los que se basaba la relación amorosa, que salían esforzadas de las manos de los amantes, que nacían para atravesar largas distancias sólo para morir en los ojos del que esperaba ansioso al cabo de la travesía. Nacían, sí, para morir con la seguridad de portar el aliento preciso, la caricia más dulce, el beso más lento. El más ladrón. Recorrían no importaba el trayecto llevando el peso de las pasiones, la llama que las prende, el deseo que las apunta, la hermosa luz de los sentidos. El amor, en suma.

Así se explica que no importando el tiempo que transcurra para dichas letras, guarden el aroma de su primera ojeada; seguramente porque nada ha cambiado para ellas, porque las palabras no saben que su emisor, o quizá su receptor (o ambos) ya no siente nada. Qué saben las palabras de términos, de plazos, de finales. Qué han de saber, si lo único que les importa es llegar a buen puerto y culminar su divina labor. Qué saben de semanas, meses, años. Qué sabe el amor de fecha de caducidad si el amor no se puede atar, ni constreñir, ni violentar, ni cortar, y es libre, tan libre el día que nace como años después y para siempre, aleatoriamente posado sobre la memoria y dolorosamente recordado. Caprichosamente abandonado y traicionado. Marcado y archivado por ser humano. Enlatado, como digo, para no morir nunca.

Quien tiene un amor enlatado de los del tipo “amor en la distancia” guarda un tesoro de excepcional valor. Rescatarlo de tanto en tanto es una liturgia que sólo unos pocos llegan a celebrar. Vestidas como su primer día, las cartas o las líneas enlatadas permiten revivir con total lujo de detalle momentos ya caducos, pero que contando con todo su peso específico —con todos los protagonistas, con todas las luces en sus renglones, con la misma ternura en cada punto y aparte y toda la gloria en su conjunto—, hacen alcanzar una ilusoria, aunque casi palpable, sensación amorosa que termina cuando uno así lo desea. Ya que, señores, el amor así guardado es posible revivirlo, afirmo, tan fresco y fragante como el primer día. Una carta de enamorados es siempre tan admirable como cuando fue escrita. Es siempre tan reconfortante como cuando fue leída. ¿Qué tipo de persona dejaría que ese tesoro se perdiera en el río de la indiferencia, en la mansedumbre del tiempo perdido, en la herida bibliografía del orgullo, siquiera en la profundidad de negro veneno? Jamás, responde quien de veras ha amado. Jamás, confirmo.

Yo misma, que tanto amor he girado por mensajería, me niego a desprenderme de un puñado de líneas que aún hoy, me inundan íntimamente. Leyéndolas, a pesar de la distancia que las motivó, y que perdura; a pesar del tiempo que ha pasado, que ya hoy es de años; a pesar de cientos de miles de motivos por los que podría justificar su olvido y por ello, incluso a pesar de mí misma, amo. En esas líneas de inmenso valor estamos él y yo, los dos, como hace tiempo. En ellas, hablándonos en tiempo real, de nuevo pareja, tal como éramos. En ellas hay un hombre y una mujer que se quieren y que lo hacen sin saber que el punto y final no es más que un recuerdo, pero una pareja de enamorados que seguirán amándose ajenos a la realidad, enredándose en perpetuo ovillo, esperando atraer a sus protagonistas solo para treparles hasta el corazón, envolverles cuello y rostro con su aromático fulgor, y arrancar de sus ojos el brillo por el que fueron unidos, el amor.

Amor de ida y vuelta, amor de eterna presencia, amor libre que vive enlatado, amor pasado que duerme en mi cajón, amor viejo, amor atrasado pendiente de cobro, amor, amor y mil veces amor. Amor perro. Amor que no te irás. Amor que tanto te quise. Amor, mío.

¿Qué se hace con esas cartas?

Miércoles, 22 de Junio de 2005 17:19. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 14 comentarios.

24/03/2005

El sillón morado

Preocupado por el poco uso, el sillón morado había desarrollado la habilidad de perseguir a los dueños donde quiera que ellos fueran. Si les veía arrimarse a la librería y extraer de ella algún volumen con la intención de sentarse a leer, el sillón cambiaba mansamente de lugar, caminando de puntillas sobre los tacos de madera y se iba poniendo a tiro, a tiro, hasta que se llevaba una patada. Normalmente tropezaban con él. Entonces la señora de la casa lo tomaba de los brazos y lo volvía a poner, como si tal cosa, al pie del ventanal de la biblioteca y junto a la lámpara de pie. Después miraba con el rabillo del ojo los telones, le miraba a él y hacía un mohín de desaprobación. Siempre igual.

La dueña del sillón morado, multípara, lucía un tripón suspenso de dos palmos de alto por uno de fondo; vacío. Alta, rubia canosa y prematuramente marchita estaba por cumplir los cincuenta. Vestía batas camiseras de andar por casa que adquiría en los mercadillos de los jueves, llevándose dos y pagando sólo una. Era una señora práctica. También llevaba un trapito del polvo en los bolsillos para, por ejemplo, limpiar el hueco del libro que extraía de su biblioteca y ya que estaba allí, los lomos de los que estaban pegados a su derecha y a su izquierda. Aquellos sus dominios estaban en perfecto estado de revista, no había fleco alguno, salvo el sillón morado que era una probada rémora y no casaba con la decoración, además de ser demasiado grande y pesado. Vamos, inútil.

El dueño del sillón morado era entusiasta de la ebanistería y la marquetería. Las contraventanas, el mobiliario de la casa, de la cocina y hasta las tumbonas de la umbría eran obra suya. Silente y más disciplinado desde la jubilación, -como en su propia casa ya desistió de embutir más labores, pero le era insostenible dejar de producirlas- de sus manos iban naciendo regalos para su ralea y amistades de más friega. Que si una pareja de sillas, que si una mesilla auxiliar, que si un anaquel. Tenía cerca de setenta años y era un señor alto con pinta de airoso, aunque caminaba algo encorvado llevando -con una variación de centímetros dependiendo de la estación del año- los pantalones demasiado arriba y los calcetines demasiado abajo. Algo descuidado.

En casa de los amos del sillón morado no había habido niños. Los que había parido la dueña habían nacido muertos por incompatibilidad de la sangre. En total seis. El sillón morado fue un obsequio que el flamante padre de familia le hizo a su esposa, y su entrega se convirtió en todo un evento para los trabajadores de la fábrica que ese día disfrutaron de una jornada libre. Aquel día comieron en la playa para celebrar el esperado primer embarazo. Para los siguientes, por aprensión, no hubo celebración ni toma de regalos.

(…)

Sus familiares no suelen recordar este particular y sólo pueden intuir algo de este padecimiento cuando les visitan un domingo o algún santo y las sobrinas les llenan la casa con sus hijos paridos y vivos. La dueña del sillón morado se pone en la puerta para verlos entrar a los unos y a los otros, tan saludables, y todos le quitan importancia a sus sollozos cuando ella les da la bienvenida riendo y llorando. Abuela por un día, coge un libro de cuentos de la biblioteca y se olvida de pasarle el trapo, busca el ventanal para sentarse con algún crío sobre el tripón encontrando el sillón en su sitio, mientras su marido corre al taller a traer para los mayores avionetas de contrachapado.

Después, cuando todos se retiran y el salón queda finalmente en silencio, el sillón morado tiene costumbre de encaramarse a la ventana para ver a los niños marchar y compararse con el color de las cortinas, apurándose una barbaridad y pensando en si les dará tiempo a regresar antes de la inminente, seguro seguro, llegada del tapicero.

Jueves, 24 de Marzo de 2005 18:43. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 13 comentarios.

17/02/2005

Tío Pedro, vestido de domingo

burroughsface.jpg

La puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. La gente se apresuraba en correr a izquierda, a derecha, al frente, no sabía. Se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Cuanta más caja se hacía, más se sacudían; el negocio producía este efecto en sus clientes, en los viandantes y peatones que circulaban de forma casual por la manzana y que también aceleraban el paso conforme se incrementaba el número de consumidores satisfechos. Clink, clink, ¡cash! Entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse. Pues bien, a tío Pedro, vestido de domingo, le pertenecía una de esas manos y a paso ilusionado salvaba la distancia de punta a punta.

Tío Pedro era un señor bajito, de pelo negro y bigote insuficiente. No se podía decir de la pelusa que llevaba bajo la nariz que tuviera tal abundancia como para llamarse bigote, pero claro, qué remedio, de algún modo había que llamarle. Él se lo rasuraba manualmente con la cuchilla de pelar, y en esa milimétrica tarea invertía las mañanas de su jubilación. Ya por la tarde se dedicaba a pasear con su esposa Agonías, mi tía Agonías que en paz descanse, y juntos hacían siempre el mismo recorrido, sin salirse ni una losa, desde la puerta de su casa hasta el templete del parque, ida y vuelta. Dos veces. Uno podía llegar a cuestionarse por qué no iban más lejos en lugar de caminar dos veces hasta el mismo punto, pero no se podía esperar de esa pregunta una respuesta satisfactoria. Ellos salían más a lucirse que a otra cosa, y por lo tanto, hacerlo por el centro de la ciudad paseando del brazo a la vista de todos sus conocidos, tenía mucho más valor, donde iba a parar, que llegar más lejos, que total para qué, si a mitad de camino le podía dar una rampa a tía Agonías e igual tenían que volverse fastidiados, vaya usted a saber si desde la otra punta de la ciudad. Natural.

El caso es que a pesar de la vida que llevaban, tan tranquila, o precisamente por eso, tía Agonías se murió de repente. Una mañana de primavera mientras tío Pedro estaba en el baño dándole y dándole al peine y a la cuchilla, ella decidió sentarse en el balcón a tomar un baño de sol mientras le subía la presión a la exprés y así fue como la encontró cuando a eso de la una salió desmayadito de hambre para preguntarle por la comida. Con la cabeza echada hacia detrás y la boca abierta, como dormida. Tío Pedro, espantado, se echó sobre su regazo para no verla muerta. La vida no iba a ser nada fácil a partir de entonces, no, no, de eso se dio cuenta enseguida. Hasta ese día tía Agonías se había ocupado de todo, y él, tras dejarles la tienda a los niños, a lo único que le había sacado punta era a su bigote. Lloró. Al principio porque se le cayeron las lágrimas solitas, sin brío, involuntarias, por haber pensado en sí mismo antes que en ella. Después porque olió a quemado en la cocina, y se incorporó y corrió a apagar la hornilla y haciéndolo, ahí sí, lloró con mucho dolor porque ella no hubiera querido que se le pegara la olla. Ay, la pena de tío Pedro caía sobre la tapa inflamada y se evaporaba casi al instante, ssshhhh, ssshhhh. Ssshhhhh.

Al tío Pedro después del entierro le sobraba gran parte del día y apenas sí se las apañaba solo. El pelo, o la pelusa, o lo que quiera que fuera que le crecía sobre los labios, seguía saliéndole ajeno a cualquier ruptura y provocaba, ya con mucha pereza y muy de mala gana, que el hombre siguiera pasándose la mañana asomado al lavabo girando la cabeza a ambos lados una vez y otra, retocándose. Por la tarde se vestía y se sentaba en el sofá, en la punta, balanceándose hacia delante y hacia detrás, sin atreverse a salir para finalmente soltarse el nudo de la corbata y pasar al dormitorio con la cabeza gacha, farfullando contra sí mismo. Para cuando se quería dar cuenta se hacía de noche, y como ya era tan normal se la pasaba mirando hacia la ventana, echándose cuentas y pensando en lo triste que sería caminar por el centro, pasando por delante de todos sus conocidos, solo, cuatro veces por las mismas losas o si no, nada, que también tenía su aquel, y que él para qué iba a hacerlo, que qué necesidad había de pasar por ese trago si total aquí en la casa tenía de todo y para qué darle más vueltas. Natural.

Pero una madrugada saltó de la cama y se puso las zapatillas de estar por casa. Bailándole los pies se acercó al armario ropero y vistió su mejor traje. Después salió por la puerta de casa en dirección al centro, canturreando y sintiendo gran alivio, caminando ligero. Ilusionado. Como ya se dijo, la puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. Ya se vio que la gente se apresuraba en correr a izquierda, a derecha, al frente, sin saber. Que se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Y que entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse. Pues bien, esa mañana tío Pedro y tía Angustia se encontraron nuevamente y se abrazaron, él la besó, ella se dejó besar y juntos del brazo cogieron la avenida Reina Victoria, por sus losas de siempre, mientras él le aclaraba que la olla, no había que preocuparse, la había dejado en remojo, y que había que ver qué montón de gente, que claro, siendo rebajas, pero que ya no respetaban la derecha, que vaya maneras y que menos mal que ellos no tenían prisa para volverse. Natural.

Jueves, 17 de Febrero de 2005 17:01. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 2 comentarios.

09/02/2005

Ñoño

He llegado a un punto en mi vida en que es urgente que me quieran, me urge sentir la presión de otro cuerpo junto el mío cuando despierto en la noche y no sé hacia qué lado de la cama girarme. Una pierna, un codo, no sé. Soy muy vulnerable y creo que todos lo han sabido, demasiado dócil, demasiado ingenua, demasiado estúpida. He dejado marchar a muchos otros con la satisfacción en sus rostros, aprovechados y encantados, y estoy acostumbrada a perderles aún cuando más alta me sintiera sobre la ola. Es habitual verles alejarse, envueltos en su espectacular aplomo, para no volver jamás. Agorera e intuitiva, creo que todo volverá a repetirse y dudo hasta de mi propia suerte. Le miro y estoy segura que se irá, que se llevará el caudal definitivo ahora que los demás se llevaron la mayor parte. Y me da mucho miedo que se vaya, me da pánico que desaparezca, porque... porque le necesito. Le necesito más de lo que puedo permitirme. Más de lo que él mismo podrá permitirse cuando quiera marcharse. Es por eso que esta misma noche le dirás que me he marchado y que todo, todo era mentira. Le dirás que terminé aburrida de tanta demostración de amor y que nada podrá hacer para encontrarme. Le dirás, óyeme bien, que no puedo quererle porque no sé, que me acostumbré a tomar cuanto quería, y de él, ya tengo suficiente. Dile, amigo mío, que no merece una explicación porque su amor barato no llegó a impresionarme nunca y dile, dile.... dile que me olvide. Dile que fue muy poca su luz para esta polilla, y que nada puede hacer por remediarlo. Anda, ve. Yo me voy a quedar aquí un rato, a oscuras, hasta que acostumbre mis ojos a esta oscuridad y consiga moverme sin tropezar con los muebles; hasta que me haga a vivir sin luz.

Miércoles, 09 de Febrero de 2005 17:02. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 11 comentarios.

Érase una vez el polvo enamorado

Nadie (salvo nosotros) sabe lo hermoso que es corretear con un remolino a pie de tierra mezclando nuestro amor con las hojas desmayadas que ruedan a lo loco, en los límites de la realidad. No sé, creo que incluso nos envidian nuestros parientes, ya no nos invitan a los ágapes familiares y se quedan tan panchos cuando dicen que ponemos perdida la mesa; no comprenden que en alguna parte hemos de posarnos y que aquello del pavo fue un accidente. A nosotros estas cosas ni nos van ni nos vienen. Nosotros a lo nuestro, al amor puro. Al amor volátil, etéreo, ágil, dinámico. Nosotros tenemos casa en el viento, en la cresta de la ola, en el rocío que cubre la hoja. En la cultura de un beso. Así es. Nos combinamos y quintaesenciamos como siempre soñaron los amantes, fundimos un cuerpo con otro y si nos ponemos en fila, llegamos al Sol. Somos múltiples y somos uno sólo, somos polvo, polvo enamorado.

Miércoles, 09 de Febrero de 2005 15:32. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 6 comentarios.

05/02/2005

Por necesidades del servicio

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Con la ceguera del deseo desperezándose bajo las sábanas, y la memoria de unas manos que inventan a diario su infinito entre mis piernas, despierto sobre la cama, sola y relamiéndome como una fiera. Después le oigo acercarse, puntual, desde la ceniza y el olvido a los pies de este mundo en el que entra descalzo encontrándome como quiere, medio desnuda, echada sobre su recuerdo o revolcada de ojos cerrados en un beso inerte, acariciándome. Firme, sube por mi espalda como una serpiente haciendo que sucumba al paso de su lengua, de sus dedos, del calor de su vientre, del tempo con que me atraviesa mientras susurra obscenidades en mi oído que apenas entiendo. Cuanto tiempo tenemos, le pregunto cuando abre mi boca y moja sus dedos vadeando mi pecho desnudo hasta los muslos abiertos. Y él, que es llama voraz, agitándose y bañado en sudores me habla excitándose, apartando mi dedo y tomando mi sexo con ansiedad. Rápido, ya tendría que estar fuera. Con palabras que se le escapan entre los dientes mientras se me viene encima convulsionándose, montando caliente, apagándose en gritos contra mi pelo que son apenas un hilo cuando ya cede y se deja caer de costado, rendido, para acabar las más de las veces metido entre mis piernas, haciendo que me arquee disciplinada y me venga de agua, bebiendo de la fuente hasta saciarse batiendo la lengua como un loco.

Al despedirse me mira desde el marco de la puerta, se pone un dedo sobre los labios, shhhh, a las once reunión, y entonces yo tomo una fruta de la cesta, le doy dos bocados y me duermo, mecida en el sabor de sus besos y adivinando la salida del sol al otro lado de las cortinas color miel. Escuchando la voz de mi marido y la suya, hablándose.

Sábado, 05 de Febrero de 2005 15:33. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 9 comentarios.

24/01/2005

Las zapatillas de pasar por encima de las cosas

Cuando compré estas zapatillas “de pasar por encima de las cosas” no pensé que tuvieran un efecto tan portentoso. Me las puse en cuanto llegué a casa y ahora que me las quiero quitar, no puedo. Desde que empecé a llevarlas, pueden creerme, no consigo vivir plenamente, paso por encima de mi vida rozando la superficie. En el trabajo comencé firmando documentos a velocidades de vértigo y nada ni nadie azotaba mi paz interior. Era prodigioso, dormía por las noches a pierna suelta porque no había quien me quitara el sueño, nada penetraba lo suficientemente hondo en mí y ni los virus parecían sentir interés: tampoco enfermé. Mi vida se volvió tan superficial que hasta el cartero dejaba las cartas de pasada, tirándolas al suelo de mi puerta. El efecto, creciente, debió sobrevenir a todo el que me rodeaba porque mis conocidos giraban la cabeza un instante como queriendo hablarme pero al final me pasaban por alto. Me resultaba extraño. En la panadería me ponían la barra sobre el mostrador y no me reclamaban su importe, y el peluquero paseaba sus tijeras arriba y abajo rodeando mi cabeza sin conseguir cortar ni un sólo pelo. Había quien llamaba y después colgaba, ni yo hacía caso del teléfono ni conseguían mantener el interés por mí el tiempo suficiente como para que yo desistiera de cogerlo. Me salí con la mía.

Lo que pasa es que ahora preciso urgentemente que alguien me ayude a quitármelas, encuentro razones para ello, pero no fuerzas. Me pierdo infinidad de momentos que recuerdo con añoranza: los amaneceres, los largos paseos, los deliciosos platos que comía con deleite y que ya no me importan un comino...

Esta mañana he vuelto a la zapatería pero el vendedor no me hace caso, no consigo detener su atención para pedirle ayuda y quedo en el rincón de la zapatería, llorando ligeramente, como todo lo que hago. Entonces paro, temo que si me abandono a llorar termine asfixiándome de verdad y nadie pueda socorrerme. Estas zapatillas son implacables, intento desprenderme de ellas pero si me agacho les paso por encima y no consigo agarrarlas, estoy pensando que igual va a ser cosa de escribir en alguna pared mi dirección y pedir socorro incluso por la radio, pero mi anuncio ¿pasaría desapercibido? Lo único que me queda es confiar en que el efecto de las zapatillas llegue a su punto álgido donde seguramente esté completamente solo y todo me dé exactamente igual, para después empezar a bajar. Confío que llegue ese momento y mientras las miro. Las odio. Me cortaría los pies ahora mismo y saldría a la calle chillando “¡que estoy aquí!”, plantándome en el centro de la plaza consistorial con mis muñones chorreando sangre a la espera de que todos se echaran sobre mí gritándome:”¡has vuelto!”, pero no me atrevo. Esta angustia me puede, acabará conmigo. Las fotografías de mi casa comienzan a no recordarme a nadie, los recuerdos a desvanecerse y las presencias pasan de rápidas a veloces. No puedo asirme a nada. Me la paso mirando al horizonte empapado hasta las orejas de puro y hastiado aburrimiento vital. He pensado en varias soluciones alternativas, pero como no puedo profundizar en ellas abandono la idea rápidamente. No hay salida. Estas zapatillas ya no me importan nada, ni ellas, ni nada, ni nadie.

Gracias a Dios. Ha llegado el peor momento. Lo único que queda es mejorar.

Lunes, 24 de Enero de 2005 17:51. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 9 comentarios.

23/01/2005

Nathional Geographic (introducción animal al porno)

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Nuestro amor hermafrodita y gasterópodo será envidiado, Ramiro que te lo digo yo, y mientras nosotros dormiremos bajo el arco iris en cualquier hoja de lechuga, refrescando nuestros sudores pasionales con las últimas gotas de la lluvia tras habernos babeado las caracolas con la más ardiente pasión. Pasearé -lentamente, como corresponde a nuestra especie- derramando toneladas de babas que tú besarás a mi paso y nuestros ojitos se entrelazarán en un baile ralentizado que sacudirá de celos todo el reino animal. Nos filmarán en nuestra cítrica casa de verano para el Nathional Geographic y revelaremos nuestro porte por todas las pantallas televisivas del mundo como muestra del grandísimo poder de los instintos. Ay Ramiro, vida mía, me corro sólo de pensarlo.

Domingo, 23 de Enero de 2005 15:34. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 43 comentarios.

22/01/2005

La amante inoportuna

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-¿Sabes que han pasado casi dos años y todavía siento algo por ti?
-No te creo. Eso es imposible, estoy seguro.
-Pareces tener todas las respuestas, ¿no te has parado a pensar en que pudieras estar equivocado? Es que me parece tan difícil sentir esto yo sola… Me duele pensar que no lo sabes, cuando es preciso.
-Yo nunca me equivoco, deberías saberlo. Tú mejor que nadie conoces el alcance de mi virtud.
-Sí, pero no me vas a convencer. ¿Sabes? Hay personas que se enamoran y lo hacen para siempre. Que después de un amor grande, grande, conocen otros, aunque guardan rescoldos que no terminan de extinguirse. Que podrían volver a encenderse.
-Eso no parece muy práctico. Y además le resta validez y frescura a los que vienen detrás.
-Tú lo que tienes que hacer es dejar de ser tan racional, permítetelo al menos una sola vez. Ponte la mano en el corazón y dime que no sientes nada por mí.
-No siento nada por ti.
-Entonces no hay nada más de qué hablar, ¿verdad?
-Podemos hablar de mil cosas, de lo que tú quieras.
-Ya, pero es que a mi lo que me interesa que me digas es que me quieres, o no, lo único que espero es que me abraces y punto, que yo sienta. Que te note entre los brazos. Que vuelva. Es que lo necesito. Mira, mejor me voy.
-Entonces, adiós.
-¡Por favor! ¿Serías capaz de dejarme ir así? ¿Tú no te das cuenta de que me voy con la seguridad de que no me quieres y que a pesar de haberte confesado que yo sí, no tienes reparos en despedirme sin despeinarte? Tengo la sensación de enfrentarme a un muro de piedra, ¿eres de piedra? Déjame que toque, no. No lo eres. ¿Pero es que no me has querido nunca?
-Qué absurda te llegas a poner. Haz el favor de componerte y dejar de hacer el ridículo.
-Bien.
-Bien.
-Pero déjame decirte que…
-¡No, basta ya! ¡Déjame en paz! Anda, vete ya, que te estás poniendo melodramática y me colocas en una situación muy comprometida. No te soporto.
-¡…!
-¿Ves? Esto es lo que nunca te he podido perdonar. Quieres ahondar, quieres contagiarme con tus ganas de amar, quieres que todo sea como tú quieres, quieres, no, necesitas -tú lo has dicho- que te quiera, y yo no puedo quererte. ¿Entiendes? No puedo quererte.
-No necesitas ser tan explícito.
-Sí, sí necesito -tu verbo favorito, “necesitar”- serlo, querida. Sabes que no puedo pero no tienes inconveniente en seguir con tus pretensiones. Es que es increíble. Parece que llevas una venda en los ojos, es incomprensible tu falta de…
-Creo que ya es suficiente.
-Sí, lo es.
-Lo mejor será que no volvamos a vernos.
-Sí, será lo mejor.
-Pues entonces esta será la última vez que nos veamos.
-Como tú digas.
-No, como yo diga, no. Este es el fin porque no hay otro camino. Mírame, anda.
-No entiendes nada. De esto ya hemos hablado otras veces. ¿Qué quieres conseguir?
-Mirarte. Mírame.
-Vale, te miro.
-De frente.
-De frente, no tengo inconveniente.
-Que no te entiendo, dices. Siéntate, que no puedes irte sin que te diga cuatro cosas.
-Desahógate si es lo que quieres, pero cuando termines, cojo la puerta y desaparezco. Es preciso.
-Así será.
-Adelante entonces.
-No creas que no te entiendo, porque no es cierto. Te entiendo a la perfección, pero hay una gran diferencia entre entender, y aceptar. Entiendo que sintieras un vacío, que quisieras medir tus fuerzas; entiendo que buscándote, me encontraras y entiendo que no pudieras controlarte porque también yo te lo puse fácil. Pero no acepto que te fueras, aunque me veas así, puesta de limpio y tranquila, no acepto, no. Entiendo que una vez te tiraste de cabeza a la piscina perdieras de vista el flotador y te hundieras más de la cuenta, que quisiste controlar la situación pero se te fue de las manos, entiendo que pensaste que también para mí era un juego, que quisieras irte porque hay cosas que aún deseándolas, no son posibles. Lo que no puedo entender es cómo tuviste el valor de hacerme daño, a mí, que te quería tanto, y todavía puedas ponerte los pantalones por los pies. Debes sentirte muy mal contigo mismo, si algo te conozco, lo sé, lo tuyo es insufrible. Debes estar maldiciendo el momento en que me conociste, el ovillo que día tras día te enredaba a mí y la hebra que suelta, no señalaba a ninguna parte. Seguramente debes estar avergonzado, y no es para menos, porque dejaste llegar la situación demasiado lejos. Ahora tienes dos penas, haberme conocido y haberme abandonado. Te está bien empleado, pero te entiendo. Lo que no acepto es que me hicieras daño para salvarte, había mil formas de salir de aquello sin herirme, lo sabes, no eres idiota, pero preferiste el camino más lento y sangrante, no ahorrándome un solo segundo de tristeza y dejándome secos el llanto y la garganta de llamarte. No voy a largarte ningún sermón sobre tu incapacidad de amar porque sabes hacerlo y no te haría justicia, yo te amé con todo mi corazón y estoy segura que tú también a mí, al menos de vez en cuando. Tampoco yo quería más, ahí te equivocaste. Confundir cantidad con calidad es un error que no suelo cometer, y antes de elegirte a tiempo completo, preferí llevarme de lo bueno lo mejor, a tiempo parcial. Ahora, que el precio que me hiciste pagar y el asiento de primera fila desde el que me viste llorar, debería alguien de cobrártelo. A los hombres se les reconoce porque hacen frente a sus errores, y al resto, por todo lo contrario. A ti te gustó demasiado el asiento delantero de esa furgoneta loca donde tú conducías y yo daba bandazos en la parte trasera, de un lado a otro en cada curva, golpeándome con saña. No creas que lo que quiero es perdonarte porque te haya entendido, que no es eso. Lo único que quiero que sepas es que te he querido de forma demasiado pura, como no merecías. Venías y ni tú mismo sabías el bien que te hacías, por eso te hundías cada vez más, inconsciente, encontrándome, amándome. Lo recuerdo y bien que me pesa, porque yo también te maldigo muy a menudo. Y ahora me tragaré todo esto y tú volverás a tu casa, con tu familia, que es donde tienes que estar. Y yo volveré a alejarme, porque así está de Dios que pase.
-¿Has terminado?
-He terminado.
-Pues ahora me toca a mí. Yo también tengo cosas que no puedo decirte. ¿Crees que es fácil para mí? ¿Qué te olvidé como el que olvida un paquete de tabaco en la barra del bar?
-Entonces, no estoy equivocada. Tú también lo sientes.
-Ya estarás más tranquila…
-No, no es tranquilidad lo que siento. Lo que siento es que me ahogo.
-Ya tienes lo que querías, y ahora te ahogas. Me pides que sea irracional, que olvide todo cuanto me ata, que me entregue a ti, que cumpla contigo, con lo que sientes, que me abandone. Pero…te ahogas.
-Déjalo, déjalo estar como está.
-No, ahora vas a tener que oírlo todo. Eres muy egoísta, nunca te has conformado con la realidad. Ahora no te detendrás, no te basta con saberlo, ahora querrás más. Me querrás a mí. Y aunque ya lo hemos hablado y dices entenderlo, no te das por vencida. Mírate, ¿ves? Deberías ver lo que yo veo.
-Hay gente que se vuelve loca con mucho menos. Me parece increíble que te diga que te quiero y el resultado sea toda una retahíla de reproches. Esto solo se te puede ocurrir a ti. Comprendo, no me molesta repetirlo, que no puedas corresponderme, pero me niego a irme si me vas a seguir mirando con esa cara de…
-¿De qué? Dilo.
-De cabrón.
-Estupendo. Mira, vamos a dejar el tema porque no conduce a nada. Me temo que lo único que podemos hacer es dejar de dramatizar y volver cada uno a su casa. Por muchas palabras que ahora malgastemos, lo único que vamos a conseguir es sacarnos de quicio. Las cosas están como están, yo, casado, tú, no. Y eso es algo que no vamos a alterar discutiendo. Personalmente no estoy por la labor de aclarártelo otra vez, ni de seguir faltando a mi familia, que no se lo merece, solo por complacerte, y mucho menos por complacerme a mí mismo. No tengo ningún derecho.
-¿Harás el favor de meterte tus explicaciones por donde te quepan? ¿Pero es que me has tomado por imbécil? ¿Qué palabra de todas cuantas me dices, crees que no comprendo? ¿He dicho o hecho algo malo para que me hables así? Me sienta como un tiro que intentes ponerte por encima de mí para explicarme todo lo que siento. ¡Eh! Que yo he estado aquí, que lo he visto todo. Ahora no vengas a ponerme al día. Siento lo que tú sientes, y lo que me parece de locos es que estemos haciendo de esto una discusión. He llorado tanto que creí partirme viva, y no ha habido una sola noche en que no maldijera tu nombre. Pero…
-Ya estamos con los peros. ¡Valiente amor el que se maldice todas las noches!
-Bueno, si quieres lo dejamos tal cual.
-No, termina. Todavía tengo unos minutos.
-Muy bien, pon en marcha el cronómetro y que empiece la cuenta atrás. Sácame más de quicio, que aún hay grados que subir. Lo que digo es que creo que no sientes nada por mí, cuando la gente se quiere, no sé, cuando la gente se quiere y tiene sentimientos, normalmente esta situación produciría un dolor que no permitiría ni hablar, imagino que hasta angustia. Una encerrona como esta deberíamos llevarla de otro modo, ¿no?
-No lo sé, nunca me había pasado antes algo así, y no tengo experiencia. Me pides unas cosas…
-¿Me pides unas cosas, dices? Esa frase tampoco es propia de esta situación.
-¿Y qué crees tú que debería estar diciendo? No se puede estar soltando rollos sensibleros cada cinco segundos, querida, tú lo sabes. Y además, yo no soy de esos a los que les gusta tirarse al ruedo del romanticismo.
-Sí, algo sé.
-Pues eso.
-Vale.
-Vale.
-Así que es cierto, llevas todo este tiempo callado y no has tenido el valor de buscarme para decírmelo, a pesar de intuir que yo sentía lo mismo. No sabes las veces que esperé una señal, un sí, te quise tantísimo, como a ninguna. Y nada más. Si es que nunca te he pedido nada.
-Y dale… Mira, mejor me marcho.
-Vete, vete. Que ya estoy empezando a ver las cosas claras.
-¿Ah, sí? ¿Cómo qué?
-Pues todo, ahora lo veo todo con claridad.
-Genial.
-Genial, sí. Es liberador.
-No sé si quiero preguntar, pero… ¿tú me has querido alguna vez o solo te gusta fingir que me quieres para amargarte y amargarme la vida? Me pregunto si me he visto arrastrado por tu teatrillo. Te aprovechaste de un hombre casado para poner a prueba tu ego, tu capacidad. Me culpas a mi de todo, no te importar cargar sobre mis hombros todo el daño. Pues hazlo, yo ya estoy acostumbrado.
-No, perdona, pero el que probaba su ego eras tú, el que ya estaba atado y fuera de servicio. Yo solo pasaba por aquí cuando se te ocurrió que podría enamorarme de ti perdidamente, para siempre. Que podrías sembrar en mí algo irreparable, que me sacaría de mis casillas y me volvería tarambana. Algo grande, grande. Algo que por supuesto, a ti no te perjudicaría en nada, ya que después de satisfechas las dudas, tendrías casa y cama caliente con tu mujer, y una señora enamorada allende las puertas de tu hogar que jamás la golpearía para echarte nada en cara. Y así, soñarías todas las noches con su amor imposible, ella con el tuyo, y viviríais como dos idiotas ajenos a todo lo que bajo este sol es cuerdo y lógico.
-Que te crees tú eso, a ella -te lo he dicho siempre- la quiero tanto como el primer día. Lo tuyo ha sido siempre al margen y en nada quebrantaba mi matrimonio. La quiero de una forma diferente.
-No se puede querer a dos personas a la vez, no hay peor ciego que el que no quiere ver. En todo caso, se puede desear y amar a personas distintas. Has confundido el amor con el deseo, ahora lo comprendo todo mucho mejor. Encaja perfectamente. Ya estoy harta de confusiones, de toparme contigo para que distorsiones lo que siento, lo que solo yo y mi almohada sabemos que siento, lo que el techo de mi habitación sabe, lo que yo sabía iba a pasar. Que vendrías, jugarías y te irías, pero no me importó entonces y ahora lo estoy pagando. Poco me importa, lo confieso, habértelo dado todo si con ello te he hecho feliz, me enorgullece. Pero canalla, lo que no te puedo perdonar es este muro de piedras, el de cuando me dejaste, todos los que levantas para no darme explicaciones reales y precisas, para no dártelas a ti mismo, para no tener que enfrentarte a lo que eres. Tú sabrás si me has querido o no, yo tengo muy claro lo que siento y lo que sentí. Siento mucho que no tengas la humanidad para despedirte de mí como alguien a quien has querido. No te conozco. Adiós.
-Así todo es mucho más sencillo, gracias por facilitarme las cosas.
-Te odio.
-Este sí es el fin. Adiós.

(…)

- Te alejas orgullosa, mírate. Te quiero, ya no lo oirás. ¡Te quiero! Si pudieras siquiera una vez asomarte y ver la cicatriz que has dejado lo comprenderías todo, pero no debes verla, no, debes mantenerte lejos de la herida o la volverás a abrir. Esto es un desastre, no ha resultado nada fácil alejarte de mí, no sabes las noches que hubiera tomado el coche y conducido hacia ti. Cómo he extrañado no encontrar pelos tuyos en mi americana o rastros de tu perfume en cualquier lado. Cómo me ha dolido estar a este lado de ti, de tus cosas, de todo cuanto antes me daba la vida. Sé que te amo, lo sé pero te veo ahí, quieta, queriéndome, como nadie lo hace salvo tú, y quisiera poder abrazarte y decirte que todo está bien y que… quisiera tener libertad para decirte que te necesito, que lloro como un niño frente a tu recuerdo y que tu perturbadora presencia altera cada minuto de mi realidad. Me gustaría poder acercarme a tu oído y susurrarte tonterías de enamorados, me gustaría poder hacerlo sin pesares, buscando en tus reacciones las mías, en tu mirada la mía, en tu alegría, la mía. Correría hacia ti pequeña, porque eres mi debilidad, porque quiero protegerte y llevarte siempre conmigo, porque quiero recostarme en tu vientre y dejar que vuelvas a pasar tus manos por mi cabello, aliviando, mimando, mimosa. Porque visto por tus ojos todo es mucho más fácil y más hermoso, porque chiquilla, tú tienes un don que me equilibra. Y no puedo darte nada de todo eso. Nada. El corazón me lo retuerzo y no me importa. Lo siento. Es por tu bien. A veces no basta con desearlo.

Sábado, 22 de Enero de 2005 15:35. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 15 comentarios.

17/01/2005

La plaza del Alamillo

Aunque en un principio supuse que sólo me pasaba a mí, con el tiempo he descubierto que mucha gente tararea notas musicales cuando está pensando. En el bar, si te sientas junto a alguien que lee el periódico en la barra, puedes oírlo, es apenas perceptible porque suele hacerse muy bajito, pero se trata una pequeña nota musical mantenida. Está ahí, podéis creerme, y lo está en boca de otras muchas otras personas al mismo tiempo; para comprobarlo sólo hay que ponerse junto al camarero cuando reparte cucharillas sobre los platos. O en la esquina del vendedor de cupones, que es experto tarareador. Cuando uno se pone al corriente de algo así, la vida cambia y lo hace para siempre.

Yo, que siento especial debilidad por esta circunstancia en los enamorados, entro en las floristerías y finjo estar esperando turno. Dejo pasar a todos hasta que doy con ese que afinadísimo, espera que le despachen un impresionante ramo y rellena una tarjeta corazón en mano y sonriendo hasta que le dan la cuenta. Pero también me apasionan las personas que estando distraídas, sentados por ahí en cualquier soportal y a lo suyo, entonan ese delicadísimo sonido cuando dejan volar sus pensamientos felices. Incluso otros en la misma sintonía que la mía, suelen acercárseme porque se ve que no lo hago mal del todo. Una tarde congregué a un buen número de escuchantes, cuatro, nada más y nada menos. En definitiva, he comprobado que las personas somos capaces de musicalizar los recuerdos más hermosos de forma que rememorándolos, sonamos y lo hacemos de forma armónica. Es algo descabellado, y comprendo su cara de estupefacción, pero he de advertir que yo ni soy tan cursi como para inventármelo, ni he bebido, y si me atrevo a contároslo es tan sólo para que comprendáis lo que siento cuando visito la Plaza del Alamillo.

La Plaza del Alamillo se encuentra en el centro de mi ciudad, y en ella ocurre a diario un hecho insólito que lleva de cabeza a propios y a extraños. Se oye música. Una misteriosa aunque muy agradable música que sube y se eleva rozando las copas de los árboles y el cielo mismo, para volver a bajar envuelta en toda clase de aromas, acariciando con delicadeza. Tibia, fértil. Los investigadores no han podido averiguar a día de hoy qué tipo de melodía es porque depende de la época del año, del número de personas que concurran allí a la misma hora y de una serie de factores adicionales que hacen imposible determinar su procedencia. Nadie. Nadie tiene capacidad ni medios suficientes como para adivinar de dónde sale la música que se oye en la Plaza del Alamillo. La gente acude a ese lugar sólo para sentarse a escucharla. Algunas opiniones apuntan a que quizá se trate del silbido de las corrientes de aire filtradas por los callejones que rodean a la plaza, fenómeno que justificaría con suficiencia las variaciones a las que está sujeta; y otras insinúan que se trata del sonido de las hojas de los árboles y de los adoquines del suelo al ser pisados por los transeúntes, en combinación con el chorro de agua de la fuente. La mayoría dice que debe ser cosa de un bromista, pero aclaran, con una sensibilidad musical extraordinaria.

Podría, si quisiera, sacarles de dudas y abrirles los ojos a la verdad, decirles de dónde sale realmente ese sonido. Pero aguardo, y respeto el misterio, y camino durante varias horas a diario sólo para sentarme, en estos tiempos que corren, a escuchar y a empaparme de lo que se escucha, aquí, en la Plaza del Alamillo. La música del corazón.

Lunes, 17 de Enero de 2005 17:49. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 7 comentarios.

16/01/2005

Baño en el Orinoco

Se levantó preso de una gran excitación. Apagó la máquina de revelar y entregó los sobres a la encargada del mostrador, recibió su sueldo de viernes y salió del laboratorio fotográfico. Una de sus botas se había agujereado y por ella entraba el agua de la lluvia, empapando su pie en charcos insolentes y aleatorios que siquiera se esforzaba en esquivar. No llevaba paraguas, ni manga larga, hacía frío, pero eso no le devolvió a la realidad; seguía pensando en las vidas que acababa de contemplar, aquellas que le llenaban de placeres ajenos. Llegó a la cancela de su casa y abrió el buzón, nada, no había nada. Tomó el ascensor y tras él, su puerta. La enfermera se cruzó con él en el quicio y se despidió, "adiós, está a punto de acabarse esta cara, ya le dará usted la vuelta cuando eso ocurra". Entró en casa, su esposa le esperaba echada en la cama, medio chalada y con el tocadiscos puesto, escuchando una y mil veces la misma canción. El pasó por el marco de su habitación y levantó una mano como único saludo. Ya habría tiempo para afrontar lo que hubiera que afrontar. Pero no inmediatamente. Se sacó el abrigó, se echó en la cama, cerró los ojos. Escarbó en sus bolsillos y rescató una fotografía que se había apropiado sin permiso. En ella, una hermosa mujer mandaba besos a la cámara, muchos, como loca, mientras la cobriza capa de aguas del Orinoco se secaba sobre su piel. Tomó la fotografía y la estrechó contra su pecho, rodeó el contorno de su cara con los dedos y sonrió esperando respuesta. No la hubo. No supo si la habría algún otro día. El disco acabó su periplo y cerró de un portazo todas las ilusiones. "¡Ven! ¡ponlo de nuevo!¡que me pierdo el baile!". El abrió lentamente el cajón de la mesilla de noche y mientras se tiraba del sueño reconociéndolo imposible, colocó su tesoro junto al casi centenar de fotografías robadas de mujeres que yacían en el fondo del cajón, y que habían sido inmortalizadas mandando besos, mirando a cámara y sencillamente sonriendo con un amor en los ojos absolutamente envidiable.

Domingo, 16 de Enero de 2005 18:05. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 1 comentario.

15/01/2005

Con final feliz

La semana antes de mi matrimonio, siguiendo una tradición que se ha mantenido viva durante muchos años, mi prometido y yo visitamos la casa Tanaka. Es costumbre ir a ver a la señora de la casa y que sea ella quien bendiga la unión. Recibe postrada sobre la cama, inexplicablemente joven y vestida únicamente con un vestido de tafetán rojo. Tiene ciento treinta y dos años.

Cuando entramos en la casa, que es atendida por las viudas del pueblo, sentí un escalofrío. Qué frío hacía allí dentro. Aún así, nos impresionó muy gratamente el estado en que encontramos no sólo el mobiliario, si no el ambiente general. Una vieja conocida, la madre de mi amiga Beatriz, con un protocolo que nos resultó chocante, nos condujo a la planta superior donde se encontraba la habitación del ama de la casa. Nos acompañaban otras señoras que no conocía pero que hacían muy bien su papel. Mientras subía los escalones, concurrieron a mi memoria muchas canciones de cuando era niña y tarareé aquella coplilla que cantábamos para jugar a la cuerda, "vestida de rojo su señor espera / dormida y sola a su amor vela", que no me pude sacar de la cabeza hasta que cruzamos el umbral de la puerta. Apreté la mano de mi prometido y nos acercamos a la cama. Doña Beatriz tomó asiento y comenzó a hablar:

"Cuentan que un joven llegó a nuestro pueblo hará algo más de cien años. La señora Tanaka y él se conocieron y se enamoraron, sin más. Perdidamente y de una forma especial como nadie había visto jamás, fundidos como los fuegos de artificio y el cielo, como se aman un hombre y una mujer. En los ojos de ambos se leía una felicidad que irradiaba locura. Sonreían por puro placer, por pura inconsciencia. Se amaban locamente, no tenían reparos en demostrarlo. Hacían felices a quienes les veían, contagiaban felicidad, paz, armonía y muchísima dulzura. Durante algunos años vivieron en esta casa, hasta que él la dejó. Y ella, que quedó así, rota, ingrávida y sola, le espera eternamente. Los prometidos que con un pañuelo recogen una de sus lágrimas, glorifican su amor para siempre."

Se trataba de una mujer aparentemente de mi edad, y sólo puedo decir que me pareció hermosa. Muy hermosa. Y que sufría mucho, de un modo dulce. Miraba hacia la nada como si viviera en sueños, y deseé que nada malo le estuviera sucediendo. Me dieron ganas de protegerla, de abrazarla, imaginé que podría aquietar su angustia. Se la veía tan triste. Tan triste. Alejándome de toda racionalidad me involucré en la magia y comulgué con el conjunto. Saqué mi pañuelo y secamos una de sus lágrimas. Lágrimas que parecían brotar desde el centro mismo de la tierra, lágrimas que pesaban como demonios, que llegaron a dolerme a mí misma y que no aliviaban el dolor de aquella espera. Las recogí con respeto pero absolutamente trastornada. Cuando salimos de la habitación y pisamos la calle, sentí como si hubiera estado soportando el peso de un saco de arena sobre mis pulmones, miré a mi prometido, me abracé a él con todas mis fuerzas y me sostuvo, en silencio, apretándome de tanto en tanto. Lloré en su pecho de rabia y de pena. Mucho rato.

La boda se celebró según lo previsto. Fue preciosa. Me honra decir que todos los que acudieron la recuerdan como una de las más bonitas y sencillas. Pero me costó recuperarme de aquella casa, de aquella historia. El amor y la espera de aquella señora, su inmortalidad, el ardor de sus lágrimas. El shock dio paso a la alucinación, la alucinación a la curiosidad, la curiosidad al Registro Civil, el Registro Civil a datos, los datos completaron la historia, y la historia arrojó la verdad. Conocí el nombre de ambos, los datos de su unión matrimonial, la fecha. Seguí la pista de él, la seguí hasta dar con su nombre en el Registro de la Propiedad de la gran ciudad. En el Registro Civil. Encontré datos de una segunda boda, y di con la reseña de ésta en el periódico local con una fotografía del evento en sus notas de sociedad. Se besaban. Se besaban. Se besaban y ella lloraba. Se besaban y casaban mientras ella lloraba y esperaba vestida de tafetán rojo. Finalmente encontré su esquela. Llevaba cincuenta y seis años muerto.

Me parecía necesario regresar a la casa y contárselo a ella. Me parecía justo que dejara de sufrir, necesitaba aliviarla y separarla de aquella angustia. Al fin había descubierto una verdad que la haría descansar en paz. Y pensar que se besaban. Y ella llorando vestida de tafetán rojo. Mi marido decidió acompañarme, juntos le diríamos, aún en sueños, la horrible verdad. Alguien estaba en deuda con ella por las bendiciones que había prodigado hacia nuestro pueblo. Alguien se lo debía. Debían contárselo y quise ser yo quien lo hiciera. Pedí a doña Beatriz que me dejara subir de nuevo a la habitación. Me acerqué decidida, le tomé la mano. Comencé suavemente con la historia pero gradualmente la rabia se fue apoderando de mí y me crecí. Descompuesta le estrechaba la mano mientras con la otra le pasaba por la cara folio tras folio que mi esposo me alcanzaba. Le conté todo, de principio a fin, y sentí un gran alivio al hacerlo. Cuando me volví hacia Doña Beatriz, sonreía, y mientras le ahuecaba los almohadones a la señora Tanaka se volvió y dijo para mi vergüenza:

"¿Y tú crees, niña, que con todo eso matarás lo que ella siente?"

Sábado, 15 de Enero de 2005 17:02. [ + ]. Tema: A golpe de tecla No hay comentarios. Comentar.

13/01/2005

Matarla

No, no lo entiendes, lo que quiero es matarla. Me gustaría que nada de esto hubiera sucedido, no lo entenderías. Si alguna vez la recuerdo me duele, y aún así, sonriendo, me abandono en evocar lo que me hizo sentir, seguro como estoy por primera vez en mi vida que no se repetirá. Se clavó dentro, se agarró a las paredes de mi carne y no hay forma humana de sacarla. Me he peleado conmigo mismo, he revuelto cielo, he revuelto tierra, intenté irme lejos, lejos de ella. Pero no puedo. Donde quiera que esté, su voz suena en mi cabeza, su risa, el eco de sus pisadas cuando se acerca; veo su rostro cuando se echa sobre el mío para besarlo, su cabello sobre mi pecho desnudo, sus manos, las mismas que se posaban sobre las mías, a veces manchadas de pintura que ahora veo limpias, sin un ápice de color, vacías, echándola de menos, estirándose y renegándome por su ausencia. Se lo ha llevado todo, amigo, porque todo se lo entregué a ella, aquí no ha dejado más que dolor, locura y limpieza. Todo está en orden desde que se fue. Pero revuelto. Sé lo que me digo. Fíjate, si ahora se apareciera frente a mí, y tendiéndome su mano me la ofreciera para tomarla, tendrían que obligarme para cogerla porque se la maldije en mil ocasiones, y la odio, y no la quiero ver. Aún así, siguiendo el impulso que su piel desata sobre mi voluntad, la estrecharía entre las mías y la besaría porque mis labios no saben hacer otra cosa mas que besarla, besarla sin saber donde está el límite de mis besos, besarla porque así me lo pide con sus ojos que no brillan si no es ante los míos. Ella me enseñó dónde se esconde el placer de un solo beso, sus pausas, su liturgia, su ceremonia. No, no lo entenderías, yo lo que quiero es olvidarla. No sé como hacerte entender que queriéndola como la quiero, no hay persona a quien odie más en este mundo. Porque nada de esto debió comenzar. Todas las noches desde que se fue, me giro en la cama y la busco, pero no la encuentro porque no está allí. Entonces mis manos se pasean sobre las sábanas, tanteando, y yo, con los ojos cerrados, imagino que al siguiente movimiento la voy a tocar, y que estará frente a mí, mirándome fijamente, envuelta en ese halo de ternura y deseo, invitándome a su fiesta. Entonces lloro amargamente porque ni yo mismo consigo engañarme, y acabo abriéndolos para encontrarme con la realidad. Que no está. Que no. No amigo, lo que quiero es quitarme este recuerdo de la cabeza y no odiarla, ni quererla, ni desearla, ni evocarla siquiera. Me gustaría no saber su nombre, ni conocer el perfume que ha impregnado a fuego vivo sobre la almohada y que se resiste a abandonarla, a abandonarme. Pero lo sé, conozco su nombre y la quiero, y abrazo a medianoche la almohada y la estrecho tan fuertemente contra mi cara que a veces creo que moriré si es que me lo propongo, y aguanto un tanto más -enrabietado, ido, maltrecho, embriagado de su perfumada ausencia- e intento acabar con todo. Morir así, con mi cara agarrada a su recuerdo sería justo pago para este dolor. Pero no, no tengo valor para eso porque sé que si sigo respirando, si sigo evocándola y viviendo en su recuerdo, volverá. No puedo hacerle eso, me quiere y volverá porque es mía, así se lo dije: "eres mía". "Mía, mía, mía...". Que es mía, amigo, que lo es desde que la conocí. Mira, paseo por mi casa y los lienzos que dejó colgados se me clavan en lo más profundo, me hieren como espadas queriendo darme muerte; paso de una habitación a otra procurando no mirarlos, intentando huir de su llamada; bien quisiera agarrarlos y tirarlos por la ventana, destrozarlos, romperlos con sus mismos puñales y arrancar de cuajo los colores, las formas, los fondos. Bien quisiera sacarla de mi casa a patadas amigo, pero antes de hacer eso me arrancaría yo mismo el corazón y lo echaría al fuego porque no quiero verlo así: mustio, apagado, susurrándome muy bajo. Me digo a mí mismo que el tiempo curará cuanto ahora duele, me he jurado no volver a decir su nombre. Ana. Ana. Ana... Ay, Ana. Tengo que matarla, amigo, me va la cordura en ello. Llévame lejos amigo porque no consigo alejarla de mis pensamientos, tómame de las manos y llévame a cualquier lugar, no importa dónde, sácame de aquí. Pero tira fuerte porque no quiero irme. Tira con todas tus fuerzas porque te va a costar separarme de ella. Así, así amigo, llévame lejos, vámonos de aquí. ¡Espera! ¡Espera! Una última cosa. He de despedirme, dejar alguna nota, estoy seguro que volverá y cuando lo haga necesitará encontrarme. Dime donde estaré que ella pueda llegar. Dime, amigo, que iremos a un sitio que le será fácil encontrar, dime que no será tan lejos. Dime que volverá, miénteme, tú eres mi amigo. ¿Volverá, verdad? Ana. Ana. Mía. Mía. Mi Ana.
Sácame de aquí. Sácame.

Jueves, 13 de Enero de 2005 17:03. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 2 comentarios.

Fado

Son las cinco de la tarde y vuelven a conectar la música. Los fines de semana y excepcionalmente el primer domingo del mes, ópera. Esta tarde las notas de Puccini llegan a mi de una forma tan pura, que resistiéndome incluso a compartirlo con mis compañeros, he preferido quedarme en la celda en lugar de salir al patio. Disponemos de un altavoz por cada corredor y tengo la inmensa suerte de estar situado frente a uno de ellos -un privilegio más por llevar en esta institución más de veinte años-, como poder traerme la taza de café a mi celda y degustarlo sorbo a sorbo en la intimidad de estas cuatro paredes.

Esta mañana se llevaron a Bob y me he quedado solo.

Bob era amigo mío. Las amistades que se hacen aquí dentro surgen de forma casual. Un día te sientas en un escalón y alguien se coloca a tu lado, protagonista como tú de una extraña danza de soledad y desesperación. Quizá comentando una pieza de música, maldiciendo al guarda, o clavando la mirada en el suelo uno es capaz de encontrar consuelo a tantos y tan largos días de encierro en la compañía menos esperada. Estos amigos, silenciosos cómplices de una fatalidad, no necesitan de largas charlas ni de confesiones a ras del suelo para necesitarse. La necesidad surge precisamente de lo que no somos capaces de contarnos y viene dada por nuestra condición de malditos. Bob y yo nos conocimos el cuarto sábado de mayo de hace tres años, durante la proyección de un documental sobre la vida y costumbres de una tribu africana, no recuerdo bien cual. Ambos elegimos el banco que había bajo la ventana, y centramos toda nuestra atención en el paso del tren de la costa, que descubrimos solo visible desde ese lugar de la prisión. Pasó dos veces. Una de ida y otra de vuelta, lleno hasta la bandera de despreocupados dispuestos a enfrentarse a un verano asfixiante a la orilla del mar. Nos emocionó ser testigos del presente, del que discurre ahí afuera. El mismo que imaginábamos, el mismo que recordábamos vagamente. El mismo que ya me hace dudar de qué color eran las magnolias que crecían en la puerta de mi casa.

Yo no tengo familia. Tuve suerte con Bob, la suya venía a visitarle todas las semanas. Como él les hablaba de mí y de nuestra amistad, algunas de las visitas me las dedicaban a mí en exclusiva. Me traían chucherías y bombones. Me gustan los dulces. Algunas veces Bob me cedía su sobre de azúcar y yo me daba el placer de tomarla doble en el café; hasta que hará unos cuantos meses alguien pensó que tanto dulce no beneficiaba nuestra salud y cambiaron los sobres por pastillas de sacarina. No hubo protestas. Todo se vuelve amargo en este sitio y en lógica progresión, al azúcar tarde o temprano le iba a llegar la hora. Dichosa, maligna graduación que comienza al despertarnos diariamente -cuando la palabra diariamente alcanza su significado más amplio- en un lugar donde no se sueña ni por las noches, ni por el día, y donde nadie tiene nada que comentar salvo la excesiva temperatura de la leche o la falta de jabón en las duchas. Nadie habla de su inocencia, que se da por supuesta, porque molesta. Nadie habla del futuro, porque no existe. Nadie habla del pasado, porque duele demasiado. Nadie habla de sus familiares, porque recordándolos, se añoran, y si se añoran, matan. Nadie habla demasiado. Todos los días son idénticos al anterior. Hasta que alguien se marcha al pabellón de la muerte o hasta que a ti mismo te entregan tu fecha de ejecución.

A mi ya me la han entregado en dos ocasiones. Es como una guillotina que ves caer sobre ti tan ralentizada, y después de ella no existe nada ni hay planes que concebir; o como una valla altísima sobre la que no alcanzas a ver más allá, ni te dejan, ni se te ocurre qué podría haber del otro lado. Es el final de todo y el principio de la nada. Es el camino único, el Cielo. No podemos ir al infierno porque no puede existir nada peor que esto y después de la inyección, lo único que puede haber es la Gloria. La mayoría de nosotros deseamos que llegue ese día con ansiedad. Dejar de vivir y despedirnos ya no nos asusta porque aquí está uno ya muy despedido de todo.
Los adioses cada cual se los toma como puede, la mayoría suele apartarse de aquellos que van a marcharse hacia el Pabellón, huyen así de su propio destino y convierten en apestados a quienes están tan cerca de consagrarlo. Dar la espalda al futuro es el primer paso para no creer en él y empujarlo lo más lejos posible. Yo, o lo que queda de mí, nunca sé qué decir ni qué hacer en estos casos y me limito a encerrarme en mi celda. Bob lo sabía y fue él quien se acercó a despedirse de mí. Estuvimos sentados costado con costado durante casi dos horas sin decir una sola palabra. Cuando llamaron para comer nos pusimos en pie y nos miramos a los ojos en la puerta. Metió su mano en el bolsillo de mi chaqueta y allí dejó media docena de sobres de azúcar. Se fue. Hace un buen rato que se fue. El en dirección al Pabellón y yo al comedor.

Ya no le veré más.

Tosca suena maravillosamente en esta sobremesa de domingo. Tengo que darme prisa. Pronto dejará de sonar y me he propuesto dejar de pensar en mis necesidades antes del final, debo hacerme rápidamente a la idea que nadie volverá para traerme bombones. Cuando acabe el café saldré y todos seguiremos bailando, pasillo arriba, pasillo abajo, hasta el día de nuestra desaparición.

Jueves, 13 de Enero de 2005 17:03. [ + ]. Tema: A golpe de tecla No hay comentarios. Comentar.

12/01/2005

Eppur si muove

Estuvo dos largas horas en el vestidor. Cuando salió llevaba puestas unas zapatillas rojas, sus zapatillas de ballet. Se cogió de la mesa y sin dejar de dudar de sus posibilidades elevó una pierna. Su postura consiguió ser académica. Dinámica, ágil, estilizada. Recobró aquella mirada orgullosa e inmodesta que tanto impresionaba a sus alumnas y finalmente, soltándose de la consola, anduvo de puntillas por toda la habitación. Cuando llegó frente al espejo y queriendo exhibirse dio tres vueltas sobre sí misma. En la primera se mareó ligeramente pero de sus venas resurgieron de inmediato, accionadas por resortes automáticos, las agallas suficientes para continuar el giro sin desfallecer; en la segunda respiraba el aroma del éxito tan fragante como siempre y se atrevió a subir los brazos por encima de su cabeza, desperezándose al baile, desentumeciendo los huesos. Para la tercera rodaba por el suelo.

No resultaba fácil reponerse. La lesión física ocasionada por el accidente ya estaba curada, pero lo que le mantenía lejos de los escenarios era el miedo a la enfermedad que se le venía encima. Sus piernas parecían darle la espalda al horror y habían vuelto a la normalidad. Estaban en plena forma, en realidad se habían repuesto milagrosamente, sólo el pánico ataba uno con otro sus pies al suelo. Tras su último reconocimiento médico sintió como su cuerpo iba cogiendo peso -aún sin engordar un solo gramo- volviéndose pesado y torpe. En su imaginación veía sus pies enredados hasta las rodillas por metros y metros de cuerda y alguna noche soñó que los había perdido, despertándose empapada en sudor y buscándolos